La prisión de Evin, ubicada en Teherán y conocida mundialmente como un emblema de la represión iraní, reabrió parcialmente apenas dos meses después del devastador bombardeo israelí del 23 de junio.
Las imágenes difundidas muestran muros caídos, pasillos llenos de escombros y cabinas improvisadas para las visitas familiares. Pese a ello, el régimen iraní trasladó de regreso a 600 presos políticos a dos pabellones apenas reparados.
Para el poder judicial, este retorno es un acto de desafío: un intento de demostrar que Israel no pudo clausurar la cárcel más temida del país. Para los internos y sus familias, sin embargo, es la confirmación de que la represión continúa, ahora en condiciones aún más inhumanas.
Bombardeo letal y un regreso inesperado
El ataque aéreo israelí contra Evin dejó 80 muertos y decenas de heridos, incluyendo guardias, médicos, familiares de reclusos y hasta un menor de edad. La magnitud de la destrucción hizo pensar que la cárcel quedaría inoperativa durante meses.
Pero en agosto, sin previo aviso, los reclusos fueron devueltos a instalaciones mínimamente reparadas. Las mujeres, que habían sido trasladadas a otros centros tras el ataque, no han sido reincorporadas.
El regreso apresurado sorprendió incluso a abogados y defensores de derechos humanos, quienes advierten que el traslado viola las normas penitenciarias iraníes al mantener presos en espacios sin servicios básicos.
Condiciones inhumanas y denuncias de abusos
Testimonios de internos describen celdas sin ventilación, sin aire acondicionado ni atención médica, en plena ola de calor extremo. Algunos presos, como el veterano disidente Behzad Panahi, iniciaron huelgas de hambre para denunciar lo que llaman un “oscuro calabozo”.
Las denuncias van más allá de las condiciones materiales. Veinte reclusos informaron haber sido encadenados y golpeados durante los traslados. Entre ellos se encuentran reconocidos disidentes como Abolfazl Ghadyani, de 80 años, y Mostafa Tajzadeh, de 68, quienes relataron maltratos físicos.
La judicatura iraní niega las acusaciones, pero organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han calificado tanto el ataque israelí como la situación actual en Evin de crímenes de guerra y exigen investigaciones internacionales.
El poder y el mensaje político del régimen iraní
El retorno de presos políticos a Evin no es solo una decisión logística: es un gesto político. El régimen busca mostrar que, pese a los ataques, la prisión sigue operativa y sigue siendo símbolo de control.
Ali Asghar Jahangiri, portavoz judicial, lo expresó con claridad: “Evin permanece en pie”. Un mensaje de fuerza hacia dentro del país, pero también una advertencia hacia fuera.
Para los familiares, en cambio, la reapertura representa un dolor renovado. Fakhri Mohtashamipour, esposa del disidente Tajzadeh, describió la prisión como “un esqueleto” donde los presos viven sin pertenencias, en espacios improvisados y bajo la sombra constante del abuso.
Evin, un recordatorio de la lucha por los derechos humanos en Irán
La reapertura de la prisión de Evin, más que un regreso a la normalidad, es una herida abierta. Para los defensores de derechos humanos, es la confirmación de que la represión en Irán no solo persiste, sino que se intensifica tras cada crisis.
En medio de la Guerra de los 12 días y de la tensión creciente en la región, la cárcel de Evin sigue siendo el espejo de un país dividido entre el poder del régimen y la resistencia de quienes luchan por su libertad.
