La desnutrición infantil en Afganistán se ha convertido en una de las crisis humanitarias más graves del mundo, aunque apenas ocupa espacio en la agenda internacional. En una sala de cuidados intensivos del hospital regional de Herat, Najiba, de 24 años, observa a su bebé Artiya mientras lucha contra una realidad que ninguna madre debería enfrentar: no poder alimentar a su hijo.
Artiya es uno de los cerca de cuatro millones de bebés y niños pequeños que, según organismos internacionales, corren riesgo de morir por desnutrición severa en 2026 si no reciben tratamiento urgente. Su historia no es excepcional, sino representativa de un país atrapado entre el colapso económico, la reducción de la ayuda internacional y una crisis alimentaria que no da tregua.
La desnutrición infantil en Afganistán alcanza niveles históricos
De acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos (PMA), Afganistán registró en 2025 el mayor aumento de desnutrición infantil desde principios del siglo XXI. La tendencia no solo continúa, sino que se agrava.
John Aylieff, director del PMA en Afganistán, advierte que casi cuatro millones de niños necesitarán tratamiento especializado. El mensaje es contundente: sin atención, muchos de ellos morirán.
La desnutrición no es solo la falta de comida. Implica infecciones recurrentes, retrasos en el desarrollo, daño irreversible en órganos vitales y una alta probabilidad de muerte en los primeros años de vida.
Hospitales desbordados y madres al límite
En Herat, Médicos Sin Fronteras (MSF) apoya el funcionamiento de un centro nutricional terapéutico dentro del hospital público. Allí, entre dibujos infantiles que intentan suavizar el ambiente, decenas de niños yacen conectados a sueros y suplementos alimenticios.
Wranga Niamaty, enfermera coordinadora de MSF, describe la situación con crudeza: llegan pacientes en estado desesperado, muchos tras recorrer cientos de kilómetros desde provincias sin servicios médicos. Algunos llegan demasiado tarde.
Cada mes, más de 300 niños son ingresados por desnutrición severa solo en esta unidad. El personal sanitario no solo administra alimentos terapéuticos, también ofrece apoyo psicológico a madres que han sacrificado su propia salud para intentar salvar a sus hijos.
Factores que agravan la crisis humanitaria
La desnutrición infantil en Afganistán no puede entenderse sin su contexto político y social. Tras la retirada de las tropas estadounidenses en 2021 y el regreso del régimen talibán, la ayuda internacional se redujo drásticamente.
A esto se suman
sequías prolongadas
pérdida de empleos
retorno forzado de millones de afganos desde Irán y Pakistán
restricciones económicas severas
Las familias han agotado sus recursos. Muchas mujeres, como Najiba, dejan de alimentarse correctamente para priorizar a sus hijos, lo que reduce su capacidad de amamantar y perpetúa el ciclo de desnutrición.
La desnutrición infantil en Afganistán y el riesgo a largo plazo
Los efectos de esta crisis no terminan en la infancia. Los niños que sobreviven a la desnutrición severa enfrentan mayores probabilidades de sufrir enfermedades crónicas, bajo rendimiento escolar y limitaciones físicas y cognitivas permanentes.
Especialistas alertan que Afganistán podría perder una generación completa si no se restablece el flujo de ayuda humanitaria. La desnutrición infantil en Afganistán es también una amenaza para la estabilidad futura del país.
Fondos insuficientes y advertencias urgentes
Para el primer semestre de 2026, el PMA necesita 390 millones de dólares para alimentar a seis millones de personas en Afganistán. Actualmente, esos fondos no están garantizados.
“La gente prometió apoyo incondicional después de 2021”, señaló Aylieff. “Hoy, muchas mujeres ven cómo sus hijos mueren de hambre en sus brazos”.
El mensaje es claro: sin una respuesta internacional sostenida, los hospitales, las ONG y las familias no podrán contener una tragedia que avanza en silencio.
Una emergencia que no puede normalizarse
La desnutrición infantil en Afganistán no es una estadística, es el rostro de madres como Najiba y Jamila, que viven con el miedo constante de perder a sus hijos por causas evitables.
Mientras el mundo debate prioridades geopolíticas, millones de bebés enfrentan una batalla diaria por sobrevivir. El tiempo, en esta crisis, no es un recurso renovable.Al final, la desnutrición infantil en Afganistán representa una prueba moral para la comunidad internacional: actuar ahora o asumir el costo humano de la indiferencia.


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