Llegar a casa después de un día pesado y abrir el refrigerador sin tener hambre física es una escena común. También lo es buscar algo dulce o salado después de una discusión o en momentos de tensión. Este comportamiento se conoce como comer por ansiedad o estrés.
No se trata simplemente de falta de disciplina. Es una respuesta frecuente del cuerpo y del cerebro ante emociones intensas.
De acuerdo con información publicada por Harvard Health Publishing, el estrés incrementa ciertas hormonas que empujan al cuerpo a buscar energía rápida, incluso cuando no existe una necesidad real de alimento. Comprender este proceso es el primer paso para manejarlo de forma consciente.
¿Qué es comer por ansiedad?
Comer por ansiedad es una conducta en la que los alimentos se utilizan como herramienta emocional. Puede funcionar como consuelo, distracción o recompensa, aun cuando no exista hambre física.
A diferencia del hambre real, que aparece de manera gradual y se satisface con casi cualquier alimento, el hambre emocional suele surgir de forma repentina y está ligada a antojos específicos, generalmente ricos en azúcar o grasa.
Algunas señales frecuentes son comer sin señales físicas de hambre, experimentar antojos intensos por la noche, ingerir grandes cantidades en poco tiempo y sentir culpa después de hacerlo.

¿Por qué el estrés aumenta el apetito?
Según Harvard Health Publishing, el estrés activa la liberación de cortisol, hormona relacionada con la respuesta de alerta del cuerpo. El aumento de cortisol eleva el apetito y favorece la búsqueda de alimentos que proporcionen energía rápida.
Este mecanismo tiene una base evolutiva. En situaciones de amenaza física, el cuerpo necesita energía para reaccionar; de ahí surge el comer por ansiedad. Sin embargo, en la vida moderna, el estrés suele ser mental o emocional, no físico. El resultado es un consumo de alimentos que responde a señales hormonales más que a necesidades reales.
¿Cómo saber si es hambre emocional?
Existen preguntas que ayudan a identificar el origen del impulso. Si solo se antoja un alimento específico y no cualquier comida sencilla, si el deseo apareció justo después de una emoción intensa o si se continúa comiendo aun estando lleno, es probable que se trate de hambre emocional.
Responder con honestidad permite hacer una pausa antes de actuar automáticamente.
Estrategias para dejar de comer por ansiedad
Especialistas en bienestar coinciden en que no se trata de prohibir alimentos, sino de reducir la intensidad del impulso y ampliar las formas de manejar el estrés para poder controlar el impulso de comer por ansiedad.
Mover el cuerpo es una herramienta efectiva. No es necesario realizar ejercicio intenso; una caminata breve, estiramientos o subir escaleras ayudan a liberar endorfinas que mejoran el estado de ánimo.
Cambiar el foco de atención también funciona. Escuchar música, tomar una ducha o hablar con alguien puede romper el ciclo automático entre emoción y comida.
Dormir lo suficiente es otro factor. La falta de descanso altera las hormonas que regulan el apetito y aumenta los antojos por alimentos altos en calorías.
Practicar técnicas de relajación, como respiración profunda o escribir lo que se siente, ayuda a regular emociones intensas antes de recurrir a la comida. Incluso una pausa breve puede marcar diferencia.
La comida y el bienestar emocional
Comer algo que gusta no es un problema en sí mismo. La dificultad surge cuando la comida se convierte en el único recurso para manejar el estrés.
Si los episodios son frecuentes o generan malestar físico o emocional, buscar apoyo profesional puede ser útil. La intervención temprana ayuda a identificar detonantes y desarrollar estrategias saludables.
Comer por ansiedad es una respuesta comprensible del organismo ante la tensión. Entender cómo funciona el cuerpo y aplicar pausas conscientes, movimiento y descanso adecuado puede ayudar a recuperar el equilibrio y construir una relación más saludable con la comida y las emociones.


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