Tarjetas navideñas, un ritual perdido en el tiempo
Hubo un tiempo en que la llegada de diciembre significaba algo más que luces y regalos. Era la temporada de las tarjetas navideñas, un gesto que, más allá de la estética, simbolizaba el deseo de conexión con amigos y familiares.
Don Celestino recuerda con cariño ese momento único: el cartero tocando la puerta y entregándole un sobre decorado con copos de nieve. Dentro, un mensaje que lo hacía sonreír: “Que los lazos de amistad que nos unen se renueven en esta Navidad y el Año Nuevo”.
Aquellas tarjetas adornaban el árbol navideño, cada una contando una historia y trayendo consigo un pedacito de quienes las enviaban. Hoy, esa costumbre parece haberse desvanecido en el torbellino de la era digital.
Un arte que florecía en Santo Domingo
Las imprentas de la Plaza de Santo Domingo en la Ciudad de México eran el epicentro de esta tradición. Durante las fiestas decembrinas, el sonido de las máquinas impresoras llenaba el aire mientras familias acudían para encargar sus tarjetas personalizadas.
Jorge Zúñiga, escritor y cronista, lo describe con nostalgia en la revista Ritos y Retos del Centro Histórico:
“Era una forma sutil y amable de acercarnos a los amigos, de saber de ellos, aunque fuera una vez al año”.
Estas tarjetas no solo eran piezas de papel decoradas; eran un reflejo de sentimientos genuinos y un esfuerzo por mantener vivos los lazos familiares y amistosos.
Día de los Santos Inocentes, bromas y recuerdos
Hoy, 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, también nos recuerda otra tradición ligada al buen humor. Según las crónicas de Sebastián Verti, en el México del siglo XVIII, vecinos y amigos se enviaban recados pidiendo prestado algo, solo para contestar con dulces y una nota que decía:
“Inocente palomita te dejaste engañar, sabiendo que en este día nada se debe prestar”.
Aunque las bromas han evolucionado, la esencia de estas celebraciones sigue evocando el mismo deseo: fortalecer las relaciones con un toque de alegría.
Más que papel, recuerdos imborrables
El cronista Zúñiga Campos resume la magia de las tarjetas navideñas:
“Conservábamos un recuerdo más de los amigos entrañables, de los parientes lejanos, de los amores de juventud”.
Aquellas hojas decoradas con pinos y estrellas no solo transmitían buenos deseos, sino que eran un puente entre épocas, generaciones y emociones.
¿Podemos rescatar esta tradición?
En un mundo dominado por los mensajes instantáneos, las tarjetas navideñas pueden parecer obsoletas. Sin embargo, su esencia nos recuerda la importancia de tomarnos el tiempo para expresar gratitud y cariño de una manera más personal y significativa.
¿Por qué no aprovechar este fin de año para revivir esta costumbre? Tal vez, al enviar una tarjeta escrita a mano, podamos reconectar con esa nostalgia que nos recuerda lo valioso de mantener vivos los lazos afectivos.
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