Barcelona está de luto. Un hombre de 73 años se ha quitado la vida en el barrio del Raval, precipitándose desde un balcón horas después de ser desahuciado del piso que ocupaba. La tragedia ha conmocionado a la ciudad y pone un rostro humano al drama de la vivienda.
La estadística se ha hecho carne y la crisis de la vivienda ha mostrado su rostro más cruel. Un hombre de 73 años, identificado como N. B., se suicidó el jueves en el barrio del Raval de Barcelona, solo unas horas después de que una comitiva judicial ejecutara su desahucio. El suceso, de una dureza extrema, ha sacudido a la capital catalana y se ha convertido en el trágico símbolo de un problema social que devora a los más vulnerables.
Cronología de una muerte anunciada
Los hechos, reconstruidos a partir de fuentes policiales y testimonios vecinales, dibujan una cronología desoladora:
- La Advertencia: N. B., que ocupaba un piso en la calle de Robadors desde hacía un tiempo, ya había advertido a sus vecinos de sus intenciones. «Iba diciendo que entraría otra vez, y si le echaban, se tiraría», relató una vecina a los medios.
- El Desahucio: A las 11:00 de la mañana del jueves, la comitiva judicial, con apoyo de los Mossos d’Esquadra debido al nerviosismo del hombre, ejecutó el lanzamiento. El proceso se completó sin incidentes graves en ese momento. Según el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, la víctima había rechazado recibir asistencia social previamente.
- La Reocupación: Horas más tarde, por la tarde, N. B. forzó la entrada y reocupó la vivienda. La alarma instalada tras el desahucio alertó a la policía.
- El Final: Poco antes de las seis de la tarde, una patrulla de los Mossos d’Esquadra se presentó en el domicilio. Los agentes dialogaron con él y le indicaron que debía abandonar el inmueble. Con la excusa de recoger algo de ropa, el hombre corrió hacia el balcón y se precipitó al vacío desde una tercera planta, poniendo fin a su vida ante la mirada de los agentes.
El grito silencioso contra la “turistización”
La muerte de N. B. no es un suceso aislado. Ocurre en una ciudad donde la presión turística y la gentrificación han disparado los precios de la vivienda, expulsando a los residentes de sus barrios. El Raval, en pleno centro de Barcelona, es uno de los epicentros de este fenómeno, conocido como «turistización».
Plataformas vecinales y activistas llevan años denunciando que el modelo turístico masivo «prioriza al turista sobre el bienestar de la población». Las protestas son constantes. Recientemente, cientos de manifestantes tomaron las calles de Barcelona bajo lemas como «Un turista más, un vecino menos» o «El turismo nos roba», exigiendo un decrecimiento turístico y el fin de la especulación inmobiliaria.
«Hace falta un poco de conciencia social». – Vecina del Raval, tras conocer el suceso.
El suicidio de este hombre de 73 años ha convertido el debate abstracto sobre el impacto del turismo y la falta de vivienda asequible en una herida abierta y tangible. Su muerte es un grito silencioso que resuena en toda Barcelona y en otras grandes ciudades europeas que enfrentan el mismo desafío: cómo evitar que sus centros históricos se conviertan en parques temáticos vacíos de vida local, donde la gente que los habita ya no puede permitirse vivir.


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