El vibrante balneario de Playas, en Ecuador, es hoy la sombra de lo que fue. Una masacre perpetrada por sicarios en un local público no solo dejó nueve muertos, sino que sembró un terror que ha vaciado sus hoteles, cerrado sus negocios y convertido un paraíso en un pueblo fantasma.
Había una vez un lugar llamado Playas. Un balneario costero a solo 90 kilómetros de Guayaquil, conocido por su sol, su gastronomía y por ser el destino predilecto de miles de turistas que buscaban un respiro de la ciudad. Hoy, ese lugar es un eco de sí mismo, un «paraíso perdido» cuya economía y alegría han sido aniquiladas por la brutalidad del narcotráfico.
La transformación de paraíso a pueblo fantasma tiene una fecha y un evento: una masacre. Un grupo de sicarios armados con fusiles automáticos irrumpió en un billar local y abrió fuego indiscriminadamente. El saldo fue de nueve personas asesinadas, entre ellas un adolescente y un querido profesor de una escuela de fútbol local. El ataque, según las autoridades, fue producto de una disputa territorial entre Grupos de Delincuencia Organizada (GDOs).
El golpe de gracia a la economía: Ocupación hotelera del 10%
La masacre fue el golpe mortal, pero la verdadera muerte de Playas ha sido lenta y silenciosa, causada por el miedo. La noticia de la violencia descontrolada se esparció como un virus, y los turistas, simplemente, dejaron de venir.
El dato es catastrófico: en plena temporada alta de la Sierra, cuando sus hoteles deberían estar repletos, la ocupación hotelera en Playas se ha desplomado a un desolador 10%. El balneario enfrenta, según sus propios empresarios, su «peor crisis turística» de la historia. Los restaurantes están vacíos, los artesanos no venden y los hoteles luchan por no cerrar sus puertas definitivamente. La violencia no solo mató a nueve personas; está matando el sustento de toda una comunidad.
Un clima de terror que no cesa
El miedo no es infundado. La masacre del billar no fue un hecho aislado. La violencia se ha vuelto una presencia constante. En otro incidente que heló la sangre de los pocos turistas que quedaban, sicarios persiguieron a su objetivo hasta la orilla del mar, disparando sus armas entre los bañistas en una escena digna de una película de terror.
«La violencia no da tregua. Quiere arrodillarnos, silenciarnos, acostumbrarnos al horror. Pero no vamos a callar. Ni a rendirnos.» – Marcela Aguiñaga, Prefecta del Guayas.
Se declaró un estado de emergencia, pero la percepción de inseguridad ya está instalada. El contraste entre el paisaje idílico de la playa y la violencia explícita es la narrativa más potente y viral de esta tragedia: la irrupción del horror en un espacio asociado a la paz y la felicidad familiar.
Playas: El espejo de la crisis de Ecuador
Lo que ha sucedido en Playas es un microcosmos, un ejemplo tangible y doloroso de la crisis de seguridad que azota a todo Ecuador. El país ha visto cómo su tasa de homicidios se ha disparado en los últimos años, pasando de 6 a 38 por cada 100,000 habitantes, una de las más altas de la región.
La historia de Playas personaliza esa estadística abstracta. Muestra cómo la guerra entre bandas por el control de las rutas del narcotráfico tiene consecuencias devastadoras para ciudadanos comunes, destruyendo no solo vidas, sino también economías locales, sueños y la sensación básica de seguridad. El paraíso que era Playas hoy es un recordatorio sombrío de que, cuando la violencia se desata, nadie está a salvo.


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