Conmoviendo a millones, el Papa Francisco dejó por escrito que no deseaba ser enterrado en la Basílica de San Pedro, sino en Santa María la Mayor , un templo que marcó momentos claves de su vida espiritual. Su testamento, hecho público tras su fallecimiento a los 88 años, revela una petición clara:
“El sepulcro debe estar en la tierra; sencillo, sin decoración particular y con la única inscripción: Franciscus ”.
Esta elección no solo rompe con más de un siglo de tradición vaticana, sino que transmite un mensaje potente: la fe y la sencillez por encima del poder y el protocolo .
Santa María la Mayor: refugio de oración y símbolo de devoción mariana
Desde que consideró el papado, Jorge Mario Bergoglio acudía en silencio a la basílica cada vez que iniciaba o concluía un viaje apostólico. Allí, frente al icónico Salus Populi Romani, buscaba fortaleza espiritual. Fue el primer lugar al que acudió el 14 de marzo de 2013, un día después de ser elegido papá.
Durante la pandemia, tras sus operaciones quirúrgicas y en días de incertidumbre, Francisco regresaba a este templo. Su amor por este santuario lo llevó a pedir ser enterrado entre la Capilla Paulina y la Capilla Sforza , un espacio cargado de simbolismo mariano.
El legado entre flores doradas y súplicas por la paz
En 2023, el papá donó un jarrón de rosas doradas al altar de la Virgen. También lideró una oración global por la paz desde este mismo lugar, en medio del conflicto en Ucrania. Estas acciones consolidaron la imagen de un papá profundamente conectado con la paz y la espiritualidad cotidiana.
Una tumba sin mármol ni adornos: la última enseñanza
Francisco dispuso que los gastos de su entierro fueran cubiertos por una donación previamente asignada, dirigida exclusivamente a la Basílica de Santa María la Mayor.
Con esta acción, reafirma su visión de una Iglesia cercana a los pobres, sencilla y alejada de lujos innecesarios.
Fin de una era: Francisco y el eco de una decisión histórica
Desde León XIII en 1903 , ningún otro papa había sido sepultado fuera del Vaticano. Con esta decisión, Francisco no solo rompe un protocolo milenario, sino que deja una huella espiritual indeleble , en la que el testimonio de vida, más que el trono, define la grandeza de un pontífice.
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