El calor es tan intenso que hace vibrar el horizonte sobre la carretera. El asfalto arde. Y ahí, justo ahí, entre el vaivén del aire caliente, se dibuja una figura solitaria: un joven sobre una bicicleta sencilla, sin equipo profesional, sin más protección que su fe. Lleva sandalias, una mochila y, atada firmemente a su espalda, una imagen de la Virgen de Guadalupe que parece abrazarlo cada vez que pedalea.
Se llama Santiago Camal, tiene 32 años y es originario de Tixcacal Guardia, un pequeño pueblo maya de Felipe Carrillo Puerto, al sur de Quintana Roo. Su historia no es solo la de un ciclista atravesando el país, es la de un hijo que cumple una promesa hecha con el corazón apretado y los ojos llenos de esperanza.
“Hace dos años, mi mamá se fracturó la pierna. Nos pedían mucho dinero para operarla, unos 50 mil pesos. No teníamos cómo. Le pedí a la Virgencita que hiciera el milagro… y sanó. Sus huesos se acomodaron solitos. Así que esta manda es mía, tengo que llevarla de punta a punta”, cuenta Santiago, mientras descansa a la orilla de la carretera en algún punto de Sonora, donde el sol no perdona.
Según el diario El Imparcial, que lo entrevistó, este joven salió el 12 de junio desde su comunidad, y hasta ahora, lleva 47 días de camino. Sólo ha descansado dos. Ha cruzado pueblos y ciudades, soportado lluvias, viento, frío y ese calor seco del norte que hace que hasta respirar sea un esfuerzo. Pero sigue. Siempre sigue.
Sobre su espalda carga una figura de la Virgen de más de ocho kilos. No se queja. La ha amarrado con fe, con devoción, con cinta y con alma. “Mientras yo me pueda mover, voy a seguir pedaleando. Nada me va a detener, a menos que Dios me diga ‘hasta aquí’”, dice, con los ojos brillosos.
Quiere llegar a Los Cabos
Su meta es llegar a Los Cabos, Baja California Sur, el próximo 28 de agosto, justo el día de su cumpleaños. Lo ve como una manera de agradecer por un año más de vida, por el milagro que le concedieron, y por permitirle cumplir su promesa. “Quiero llegar ese día, darle las gracias a la Virgen y a Dios. Y después me regreso, con mi morenita, para dejarla en la capilla que le hice allá en Quintana Roo”, explica con una sonrisa serena.
Ese regreso también será en bicicleta. Un viaje de ida y vuelta que podría sumar cerca de 14 mil kilómetros, con una sola motivación: la fe.
Este 29 de julio cruzó por Hermosillo, la capital de Sonora, y no duda en decir que ha sido el tramo más pesado de todos. “El calor me ha matado. Trato de hidratarme a cada rato, lo bueno es que la gente me ayuda mucho. De Empalme a Hermosillo me cansé bastante, así que voy a descansar en Querobabi y en Santa Ana”, comparte. Pero aun en el agotamiento, no hay queja. Solo gratitud.
En cada pueblo que cruza, Santiago no solo deja huella: también recoge plegarias. A la figura de la Virgen le ha ido atando listones de colores, cada uno con una petición que le entregan personas del camino. Gente que le da agua, comida, una cama improvisada, o simplemente le dice “vas muy rápido, chamaco”, con una mezcla de admiración y ternura.
“Muchos me dicen que estoy loco, pero yo les digo que la fe es lo único que me mueve. La Virgencita me sanó a mi mamá y lo mínimo que puedo hacer es esto. A veces me pongo a llorar del cansancio, pero también del agradecimiento”, confiesa.
Santiago no lleva redes sociales, ni busca fama. No hay patrocinadores ni reflectores. Solo su bicicleta, su morenita y un propósito que se repite con cada latido: cumplir la manda. Porque su fe no es un discurso, es movimiento. Es sudor. Es sol en la piel y ampollas en los pies.
Y si alguna vez lo ves por la carretera —flaco, tostado por el sol, con la Virgen en la espalda y la mirada fija en el horizonte— no dudes en detenerte, ofrecerle un poco de agua, un saludo o una oración. No sabes cuánto lo necesita. Y no sabes lo mucho que puede enseñarte un joven que, con todo en contra, sigue avanzando por amor.
Si todo sale bien, Santiago regresará a casa el 12 de diciembre, justo para celebrar, a su manera, el Día de la Virgen de Guadalupe. Ese día, en su comunidad, habrá flores, rezos, música. Y la Virgen volverá a su capilla, después de haber recorrido un país entero sobre los hombros de un creyente.
Una historia que no es solo de fe. Es de resistencia. De amor. Y de esas promesas que, una vez hechas, solo pueden pagarse con la vida entera.


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