Gisèle Pelicot: De víctima a símbolo de resistencia
En diciembre de 2024, el mundo fue testigo de un juicio histórico. Gisèle Pelicot, de 72 años, se enfrentó públicamente a su exesposo, Dominique Pelicot, quien durante más de una década la drogó y violó mientras estaba inconsciente. Este “buen vecino”, como lo conocían sus allegados, llevó su abuso a niveles inimaginables al invitar a otros hombres a participar en estos actos atroces, grabándolos y difundiendo las imágenes en internet.
Gisèle, contra todo pronóstico, decidió alzar la voz: “Quiero que todas las mujeres que han sido violadas digan: la señora Pelicot lo hizo, yo también puedo”.
Una red global de horror expuesta en Telegram
La valentía de Gisèle Pelicot coincidió con la revelación de una investigación liderada por las periodistas Isabel Beer e Isabel Ströh, quienes destaparon una red criminal con más de 70,000 miembros activos en Telegram. Esta red compartía instrucciones sobre cómo drogar y abusar de mujeres, mientras lucraban con el contenido.
Las víctimas, en su mayoría inconscientes, eran drogadas con sustancias que se vendían bajo la apariencia de productos de cuidado personal. La información sobre cómo acceder a estos somníferos, los métodos para usarlos y las grabaciones de los actos eran discutidos y compartidos en salas privadas.
Justicia para Gisèle y un llamado global a la acción
El juicio de Dominique Pelicot y otros 50 implicados terminó con sentencias severas, pero el caso de Gisèle ha hecho más que llevar a estos criminales a prisión. Su historia ha encendido un movimiento global para desmantelar redes como la expuesta en Telegram y ha puesto de manifiesto la urgencia de que las plataformas digitales asuman su responsabilidad.
Para Gisèle, no solo se trataba de justicia personal, sino de inspirar a otras mujeres a romper el silencio. “La vergüenza debe cambiar de bando”, dijo al salir del tribunal.
Una lección de valentía y esperanza
La historia de Gisèle Pelicot no solo es una denuncia, sino una hoja de ruta para el cambio. Su lucha muestra que la justicia es posible, incluso frente a sistemas que a menudo minimizan o ignoran el sufrimiento de las mujeres. Ahora, más que nunca, su ejemplo nos invita a actuar: desde exigir regulaciones más estrictas para las plataformas digitales hasta promover la denuncia y el acompañamiento a las víctimas.
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