El cierre de 2024 estuvo marcado por una frase que, aunque desafiante, refleja una verdad incómoda: México enfrenta una creciente deriva autoritaria disfrazada de democracia. El miedo autoritario, una emoción que impulsa decisiones políticas, parece ser el eje de las acciones del gobierno actual y su predecesor.
El miedo es una emoción primaria, y su influencia en la política no es nueva. Pensadores como Hobbes y Montesquieu han argumentado que el miedo a la incertidumbre fomenta regímenes autoritarios. En México, este temor se traduce en una narrativa de confrontación y en acciones que buscan consolidar el poder en detrimento de las instituciones democráticas.
El populismo autoritario: del discurso al desmantelamiento institucional
México ha transitado de una república partidocrática a un modelo populista autoritario, donde el liderazgo personalista domina. Las reformas en instituciones clave, como el INE, el Suprema Corte de Justicia de la Nación, y el CONEVAL, evidencian una estrategia deliberada para eliminar contrapesos y garantizar impunidad.
¿Por qué el miedo a la democracia?
- Temor al juicio ciudadano: La democracia implica alternancia y rendición de cuentas, riesgos que el oficialismo busca minimizar.
- Miedo a los datos duros: Instituciones independientes pueden exponer fallas del gobierno y afectar su narrativa propagandística.
- Incertidumbre del liderazgo: La figura central de AMLO es percibida como garantía de poder, pero su salud y eventual ausencia preocupan al aparato político.
¿Qué diferencia al régimen actual de transiciones previas?
En el año 2000, México vivió una transición histórica con la derrota del PRI, un partido debilitado y sin liderazgos caudillistas. En contraste, el poder de AMLO y la estructura de MORENA consolidan una hegemonía que recuerda a los peores años del PRI, pero con menos escrúpulos.
La «nueva clase política», voraz y sin límites, opera bajo un esquema que prioriza la lealtad al líder y la permanencia en el poder, sacrificando cualquier apariencia de institucionalidad. Esto ha dado lugar a una especie de Maximato moderno, donde las decisiones se toman desde un liderazgo centralizado.
Los síntomas del miedo autoritario
El miedo autoritario se refleja en acciones concretas que buscan consolidar el poder:
- Ataques a las instituciones: La desaparición o debilitamiento del INE, INAI y otros órganos autónomos busca eliminar revisores incómodos.
- Reformas judiciales: La propuesta de «democratizar» la elección de jueces encubre el control político del sistema de justicia.
- Narrativa polarizante: Desde el púlpito presidencial, el discurso descalifica adversarios y fomenta la división.
Estas acciones son un esfuerzo por evitar que la transparencia y el disenso pongan en riesgo la continuidad del régimen.
El impacto global del miedo autoritario
México no está solo en esta tendencia. Desde el conspiracionismo de Trump hasta las persecuciones de Ortega en Nicaragua, los regímenes autoritarios modernos comparten un denominador común: el miedo a la transparencia y la rendición de cuentas.
En todos los casos, el objetivo es el mismo: protegerse del juicio público y consolidar un control absoluto. En este contexto, México enfrenta un desafío similar, donde la narrativa oficialista busca ocultar la fragilidad de un sistema sostenido por liderazgos personalistas.
¿Qué esperar del 2025?
El miedo autoritario no es un fenómeno pasajero. Las decisiones tomadas en 2024 dejan un legado que podría consolidar un modelo de gobierno centralizado y opaco. La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta el reto de liderar bajo la sombra de AMLO, cuya influencia sigue siendo determinante.
Mientras tanto, el desmantelamiento de instituciones democráticas y el uso de narrativas polarizantes auguran un año complejo para la democracia mexicana. La pregunta central es: ¿cuánto más podrá resistir el sistema antes de romperse?
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