Un complot digno de una película de espionaje
El aire denso de un hangar en República Dominicana fue testigo de una conversación que parecía sacada de un thriller político. Un agente federal estadounidense, Edwin López, había logrado lo impensable: sentar frente a él al piloto principal de Nicolás Maduro, el general venezolano Bitner Villegas. Lo que López tenía para decir cambiaría la vida de cualquiera.
Su propuesta era tan peligrosa como tentadora: desviar el avión presidencial de Maduro hacia una zona segura donde las autoridades de Estados Unidos pudieran detenerlo. A cambio, el piloto recibiría una fortuna y, según el agente, el reconocimiento eterno del pueblo venezolano.
Villegas escuchó, tenso, sin comprometerse. Antes de irse, le dio su número de teléfono al agente, un gesto que encendió una chispa de esperanza. Así comenzaba una de las operaciones más arriesgadas y secretas del gobierno estadounidense contra el régimen venezolano.
El hombre detrás del intento: Edwin López
Edwin López no era un improvisado. Ex soldado de operaciones especiales y agente de Investigaciones de Seguridad Nacional, había pasado años desmantelando redes criminales y cazando narcotraficantes. Su historial lo había hecho destacar en el Departamento de Seguridad Nacional, y su reputación era la de alguien que no se rendía.
A sus 50 años, mientras trabajaba en la embajada estadounidense en República Dominicana, un informante llegó con información que lo cambiaría todo: dos aviones presidenciales venezolanos estaban en la isla para reparaciones, violando las sanciones internacionales impuestas a Maduro.
Para López, eso significaba una oportunidad. Si podía rastrear y conectar esas aeronaves directamente con el presidente venezolano, podría actuar. Pero su ambición fue más allá: decidió intentar convencer al propio piloto de Maduro para que traicionara a su jefe.
El primer contacto con el piloto
En una sala privada del aeropuerto La Isabela, López interrogó a cada piloto de la delegación venezolana. Con tacto y un aire de camaradería, fue construyendo confianza. Cuando finalmente le tocó el turno a Villegas, el agente jugó su carta más arriesgada.
Le habló de libertad, de dinero y de futuro. Le insinuó que podía convertirse en héroe si ayudaba a terminar con el régimen. El piloto escuchó, incómodo, con las piernas temblorosas. No aceptó, pero tampoco se negó. Le dejó su número.
Aquella reunión marcaría el inicio de una cadena de mensajes, contactos cifrados y propuestas cada vez más insistentes.
La CIA entra en juego
Mientras López persistía en sus intentos de reclutar al piloto, la administración de Donald Trump intensificaba su ofensiva contra Venezuela. Miles de tropas fueron enviadas al Caribe, se autorizaron operaciones encubiertas dentro del país y se duplicó la recompensa por la captura de Nicolás Maduro, alcanzando los 50 millones de dólares.
López aprovechó el momento. En uno de sus últimos mensajes a Villegas, le envió el enlace del anuncio oficial con la nueva recompensa y le escribió: “Todavía te queda tiempo para ser el héroe de Venezuela”. Pero su mensaje nunca fue respondido.
El fracaso del plan y la humillación pública
El silencio del piloto fue el preludio del fracaso. López insistió una y otra vez, pero Villegas, fiel a Maduro, lo ignoró. Finalmente, cuando el agente intentó contactarlo desde otro número, el piloto respondió con furia: “Lo menos que somos es traidores”.
Aun así, López hizo un último intento, mencionando a los hijos de Villegas y ofreciéndole una nueva vida en Estados Unidos. Fue bloqueado de inmediato.
El golpe final llegó días después. Un político aliado de la oposición venezolana publicó una felicitación de cumpleaños para Villegas en redes sociales, con una foto tomada durante su encuentro con López, pero recortada para eliminar al agente. El mensaje se viralizó, y veinte minutos después, el avión presidencial que transportaba a Maduro regresó inesperadamente a Caracas.
El piloto desapareció durante días, lo que desató rumores de traición, arresto e interrogatorios. Finalmente, reapareció en un programa de televisión, al lado del poderoso Diosdado Cabello, levantando el puño en señal de lealtad al régimen.
Las sombras de una guerra encubierta
La historia de Edwin López y Bitner Villegas muestra hasta qué punto la frontera entre la diplomacia, la inteligencia y la coerción puede volverse difusa. Años de intentos fallidos de Estados Unidos por derrocar a Maduro se han desarrollado en un limbo de operaciones secretas, promesas incumplidas y maniobras políticas.
Aunque el plan fracasó, dejó al descubierto la desesperación y la audacia con que Washington ha intentado poner fin a un gobierno que considera ilegítimo. Y también, la capacidad del régimen de Maduro para mantener la lealtad de sus hombres más cercanos.
El legado de una misión imposible
Hoy, la historia de este fallido intento de secuestro presidencial se estudia en silencio en los pasillos del poder estadounidense. López se jubiló, pero su obsesión por capturar a Maduro sigue siendo mencionada entre los exiliados venezolanos como la última gran operación no oficial de Washington.
La operación no cambió el rumbo político de Venezuela, pero sí dejó una marca imborrable: la certeza de que la guerra por el control del país se libra tanto en los cielos como en las sombras.


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