La posibilidad de que Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, tome control de los vastos yacimientos de petróleo de Venezuela abre un escenario de posibles impactos a nivel mundial. Y es que, el país sudamericano concentra las mayores reservas probadas de crudo del planeta, con más de 300 mil millones de barriles, un volumen que supera incluso a Arabia Saudita.
El petróleo venezolano se ha convertido en un objetivo estratégico para Trump, quien ha defendido abiertamente el uso de combustibles fósiles y ha planteado un escenario en el que empresas estadounidenses inviertan miles de millones de dólares para explotar estos recursos. Sin embargo, expertos advierten que el costo ambiental, económico y político sería considerable.
Un petróleo de Venezuela
El crudo que predomina en Venezuela, especialmente en la Faja del Orinoco, es pesado y ácido. Su consistencia espesa y su alto contenido de carbono lo convierten en uno de los petróleos más contaminantes del mundo, comparable con las arenas bituminosas de Canadá.
Especialistas explican que este tipo de petróleo no fluye de forma natural. Para extraerlo es necesario inyectar vapor y utilizar grandes cantidades de energía, generalmente proveniente de gas natural, lo que incrementa las emisiones contaminantes desde el inicio del proceso.
Además, su alto contenido de azufre complica la refinación. Convertirlo en gasolina o diésel requiere procesos más costosos y energéticamente intensivos, lo que eleva aún más su huella climática.
La infraestructura petrolera venezolana enfrenta un deterioro severo tras años de falta de inversión. Oleoductos antiguos, refinerías con mantenimiento limitado y sistemas de control obsoletos elevan el riesgo de fugas de metano, quema de gas y derrames de crudo.
El metano es uno de los gases más dañinos para el clima. En el corto plazo, calienta la atmósfera más de 80 veces que el dióxido de carbono. De acuerdo con la Agencia Internacional de Energía, la intensidad de metano en las operaciones petroleras de Venezuela es seis veces mayor al promedio mundial.
Organizaciones independientes han documentado cientos de derrames en los últimos años, aunque reconocen que la cifra real podría ser mayor debido a la falta de reportes oficiales desde 2016.
¿Es viable explotar el petróleo venezolano?
Más allá del impacto ambiental, la viabilidad económica del petróleo venezolano también está en duda. La producción ha caído de casi 2 millones de barriles diarios en 2016 a menos de un millón en la actualidad, afectada por sanciones, falta de inversión y deterioro operativo.
Datos de la consultora Rystad Energy estiman que se necesitarían más de 53 mil millones de dólares en los próximos 15 años solo para mantener el nivel actual de producción. Para recuperar los niveles históricos de más de 3 millones de barriles diarios, la inversión requerida superaría los 183 mil millones de dólares.
Este escenario se presenta en un mercado energético con abundante oferta, precios relativamente bajos y señales de que la demanda global de petróleo podría acercarse a su punto máximo en los próximos años.

El impacto a nivel mundial
Un aumento significativo de la producción venezolana bajo control estadounidense podría alterar el equilibrio del mercado petrolero internacional. En teoría, más oferta presionaría los precios a la baja, lo que impactaría a países productores como México, cuyos ingresos petroleros siguen siendo relevantes para las finanzas públicas.
Para Pemex, competir con crudo pesado venezolano respaldado por capital y tecnología estadounidense podría significar mayor presión en exportaciones, márgenes y acceso a mercados. Además, un entorno de precios bajos limitaría la inversión en exploración y refinación.
En el plano climático, expertos advierten que el mayor riesgo no sería solo el aumento directo de emisiones, sino el efecto indirecto de frenar la transición energética. Apostar por una expansión petrolera de alto costo y alta contaminación podría retrasar la inversión en energías limpias y reforzar una lógica de competencia por recursos propia del siglo pasado.
El escenario de un control estadounidense sobre el petróleo de Venezuela plantea, así, un dilema global: abundancia energética a corto plazo frente a costos económicos, ambientales y geopolíticos que podrían extenderse por décadas.


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