¿Después de un día lleno de estrés sientes unas ganas enormes de comer pizza, papas fritas, chocolate o algún postre? Aunque muchas veces se interpreta como falta de voluntad, la ciencia muestra que el estrés puede modificar los mecanismos cerebrales que regulan el hambre, la saciedad y la búsqueda de alimentos muy gratificantes.
Cuando la tensión se vuelve constante, el organismo libera hormonas relacionadas con la respuesta al estrés y puede aumentar la preferencia por alimentos ricos en grasas, azúcares y calorías. El problema es que recurrir constantemente a ellos para sentirse mejor puede convertirse en un círculo difícil de romper y afectar la salud metabólica y cardiovascular.
El estrés cambia la forma en que el cerebro responde a la comida
Ante una situación estresante, el organismo activa una respuesta de alerta. En ella participa el cortisol, una hormona que ayuda al cuerpo a responder ante situaciones que percibe como amenazantes. Esta reacción es útil cuando existe un peligro real y puntual. Sin embargo, el estrés cotidiano y prolongado puede mantener activo este sistema durante demasiado tiempo.
En ese contexto, los alimentos muy palatables, particularmente aquellos con grandes cantidades de grasa y azúcar, pueden resultar más atractivos porque proporcionan una sensación inmediata de placer y recompensa.
Por eso, después de una jornada complicada puede ser mucho más difícil resistirse a una rebanada de pastel que elegir una comida preparada en casa. No significa que el cerebro necesite comida chatarra, sino que el estrés puede aumentar su atractivo y dificultar el control de los impulsos.
¿Qué ocurre con el sistema de recompensa?
La relación entre estrés y alimentación también involucra las regiones cerebrales relacionadas con la recompensa. Investigadores del Instituto Garvan de Investigación Médica estudiaron cómo el estrés crónico puede modificar la respuesta cerebral ante alimentos altamente apetitosos. En modelos experimentales encontraron que el estrés puede interferir con los mecanismos que normalmente ayudan a limitar la ingesta cuando ya existe suficiente energía.
Uno de los elementos estudiados fue la habénula lateral, una región involucrada en el procesamiento de recompensa y aversión. Cuando estos mecanismos se alteran, los alimentos muy gratificantes pueden adquirir mayor relevancia.
Preparar una comida saludable requiere tiempo, planificación y esfuerzo. En cambio, pedir comida rápida, abrir una bolsa de papas o comer un dulce ofrece una recompensa inmediata y prácticamente no requiere preparación.
Así se forma un círculo, estrés, cansancio, antojo, consumo de comida muy calórica y alivio momentáneo. Si esta conducta se repite con frecuencia, puede convertirse en una estrategia habitual para manejar las emociones.
Comer alimentos grasos también puede afectar al organismo
El problema no termina con el aumento del apetito. Investigaciones de la Universidad de Birmingham encontraron que consumir una comida rica en grasas antes o durante un periodo de estrés puede afectar la función de los vasos sanguíneos y reducir la respuesta vascular frente a una situación estresante.
Los investigadores también observaron una reducción de la oxigenación cerebral asociada con el consumo de alimentos grasos durante el estrés. Esto resulta relevante porque una alimentación poco saludable puede sumarse a los efectos que el propio estrés tiene sobre el organismo.
Cuando este patrón se mantiene durante meses o años, una dieta con exceso de azúcares, grasas saturadas y calorías puede contribuir al aumento de peso y elevar el riesgo de problemas metabólicos y cardiovasculares.
¿Cómo combatir los antojos provocados por el estrés?
Una de las estrategias más útiles consiste en no esperar a estar completamente agotado para decidir qué comer. Planificar con anticipación las comidas y tener disponibles opciones saludables reduce la cantidad de decisiones que deben tomarse cuando aparece el cansancio.
También ayuda mantener horarios relativamente regulares de alimentación. Llegar a la noche después de muchas horas sin comer puede hacer todavía más difícil controlar el deseo de consumir alimentos muy calóricos.
Las técnicas de relajación también pueden ser útiles. Respirar lentamente durante algunos minutos, caminar, dormir adecuadamente o realizar actividad física son herramientas que pueden ayudar a regular la tensión y evitar que la comida se convierta en la principal vía para manejar las emociones.
La clave está en romper el vínculo automático entre estrés y comida chatarra. Si una persona aprende a reconocer el momento en que aparece el impulso y cuenta con alternativas preparadas, puede recuperar gradualmente el control sobre sus decisiones alimentarias.


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