La reconocida fotógrafa mexicana Graciela Iturbide fue homenajeada este viernes en el Teatro Campoamor de Oviedo, donde recibió el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025. En una ceremonia cargada de emoción y simbolismo, la artista —famosa por retratar las culturas indígenas de México— ofreció un discurso profundo, poético y honesto sobre su oficio, la esencia del arte y la libertad creativa.
Iturbide, de 82 años, fue una de las pocas oradoras de la gala, presidida por los Reyes de España y la princesa Leonor, heredera al trono. Con una voz serena, compartió una mirada íntima sobre su trayectoria y su manera de entender la fotografía, que definió como “una interpretación de la realidad” y no como una verdad absoluta.
“He pasado más de medio siglo de mi vida mirando al mundo por una ventanita que apenas mide unos escasos centímetros cuadrados”, comenzó diciendo la fotógrafa. “¿No resulta paradójico otorgarme un premio tan prestigioso por una hazaña tan circunscrita? Lo agradezco y me siento muy honrada.”
La fotografía como espejo del alma y del país
Durante su intervención, Graciela Iturbide subrayó que la fotografía no es un documento de la realidad, sino un ejercicio de interpretación guiado por los sueños, las emociones y la intuición. Citando al legendario fotógrafo Brassaï, recordó que la vida solo puede ser captada “por el sueño, el símbolo o la imaginación”.
Su obra, marcada por imágenes icónicas como las de “La mujer ángel” o las comunidades zapotecas de Juchitán, ha sido considerada un retrato profundo del México contemporáneo, aunque ella se niega a asumir ese papel.
“Si al ver mis fotos, la gente dice: ‘Esto es México’, yo contesto: ‘No, esto es Graciela Iturbide’”, expresó. “No me siento dueña de mis imágenes, ni temo que las utilicen o las manipulen. Algunas ya forman parte del imaginario mexicano. Es tan solo un reflejo de lo que veo en mi país.”
Iturbide aprovechó también para rendir homenaje a los pueblos indígenas, a quienes ha dedicado buena parte de su carrera. Describió cómo sus viajes a las regiones más apartadas de México la llevaron a comprender mejor el sincretismo cultural que define al país: la mezcla entre lo indígena y lo europeo.
“Soy el resultado de la fusión entre dos culturas, dos visiones del mundo casi siempre encontradas. La historia de México es la del sincretismo que me habita”, afirmó.
Influencias, maestros y la poesía en la imagen
En su discurso, la fotógrafa recordó con afecto a su maestro Manuel Álvarez Bravo, una figura clave en la historia de la fotografía mexicana y en su formación artística. Citó una de sus frases más recordadas: “No hay que apresurarse, hay tiempo, hay tiempo”.
Para Iturbide, el arte fotográfico está profundamente ligado al paso del tiempo, un elemento que puede ser fijado, desafiado o incluso “matado” a través de la cámara.
“La fotografía es el arte que lidia principalmente con el tiempo”, dijo. “Por más que el espectador lo dude, nunca he construido una imagen: todas han sido fruto del azar o del encuentro.”
También rechazó la idea de que su trabajo sea “mágico”, prefiriendo definirlo como una búsqueda poética. En su visión, la cámara no revela totalmente la realidad, sino que la vela parcialmente para preservar el misterio.
Un mensaje universal sobre arte y libertad
En la parte final de su discurso, Graciela Iturbide ofreció una de las reflexiones más poderosas de la ceremonia: su defensa de la libertad artística y del pensamiento sin fronteras.
“Más allá del sincretismo que me constituye, ante todo me considero una ciudadana del mundo. Por fortuna, el arte fotográfico no conoce fronteras, ni tiene pasaporte, ni necesita visas”, señaló.
Su mensaje resonó con fuerza en un contexto global marcado por tensiones políticas y migratorias. La artista advirtió que ningún poder debería limitar el libre tránsito entre países ni coartar la libertad de crear, una frase que fue recibida con aplausos de pie por parte del público.
Un legado que trasciende generaciones
El reconocimiento de Graciela Iturbide como Premio Princesa de Asturias de las Artes 2025 la consagra como una de las voces más importantes del arte contemporáneo latinoamericano. Su obra, que fusiona la antropología visual, la poesía y la introspección personal, ha inspirado a generaciones de fotógrafos en todo el mundo.
Desde sus inicios en los años 70 hasta hoy, Iturbide ha demostrado que la cámara puede ser una herramienta de empatía y reflexión, capaz de revelar tanto la diversidad cultural como la complejidad humana.
Con su característico tono humilde y lúcido, cerró su discurso con una frase que sintetiza su filosofía artística y vital:
“Por fortuna, el arte no tiene fronteras. Gracias.”
Un mensaje breve, pero eterno —como sus fotografías—, que confirma por qué Graciela Iturbide es mucho más que una fotógrafa: es una narradora visual del alma mexicana y del espíritu humano.


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