En la selva húmeda de Papúa Nueva Guinea, un simple rasguño cambió la historia de la biología moderna. El protagonista fue un joven ornitólogo llamado Jack Dumbacher, quien, durante una expedición en 1989, sufrió un corte leve en los labios tras manipular un ave de brillante plumaje naranja y negro. Al llevarse la herida a la boca, sintió ardor, entumecimiento y una sensación que jamás había experimentado. Sin saberlo, había hecho contacto con el primer ave venenosa documentada en la ciencia.
Los locales sabían de este animal desde hacía generaciones: lo llamaban pitohui encapuchado y lo evitaban, salvo tras cuidadosa preparación. Pero para la ciencia, ese accidente fue una revelación.
El veneno que une aves y ranas: batracotoxina
Dumbacher y su equipo descubrieron que el pitohui contenía batracotoxina, un alcaloide altamente letal que, hasta entonces, solo se conocía en ciertas ranas dardo sudamericanas. La toxina afecta canales de sodio en las células, provocando parálisis e incluso muerte.
Pero ¿cómo obtiene un ave esta sustancia? La hipótesis principal apunta a su dieta, particularmente al consumo del escarabajo Choresine, aunque los expertos dudan que estos insectos sean los productores originales del veneno. Las investigaciones actuales buscan rastrear el origen de la toxina a través de muestras ambientales: insectos, ácaros y hasta plantas podrían estar involucrados.
¿Cómo sobreviven estas aves a su propio veneno?
Durante años se pensó que estas aves poseían mutaciones genéticas que evitaban que el veneno las dañara. Pero nuevos estudios de laboratorio contradijeron esta idea. Hoy, los científicos sospechan que el secreto podría estar en una proteína “esponja” capaz de atrapar la batracotoxina antes de que afecte los tejidos, similar a la saxifilina en ranas venenosas.
Este mecanismo natural, aún por confirmar, abriría una puerta fascinante a nuevas aplicaciones médicas y a una mejor comprensión del equilibrio ecológico.
Más especies venenosas y una misión científica ambiciosa
En 2023, el equipo liderado por Knud Jønsson y Kasun Bodawatta identificó dos nuevas especies de aves venenosas, ampliando el mapa genético de estos misteriosos animales. Su plan incluye estudiar cientos de especies de la superfamilia de los córvidos, con un énfasis especial en aquellas que habitan Nueva Guinea.
Al mismo tiempo, el objetivo es analizar cómo estos mecanismos de toxicidad podrían haber evolucionado de manera convergente en animales tan diversos como ranas, peces, aves y hasta pulpos.
¿Por qué importa este descubrimiento?
Más allá del dato curioso, este hallazgo desafía nuestras ideas sobre la evolución, la toxicología y las defensas naturales. Entender cómo especies no relacionadas desarrollan soluciones similares frente al mismo enemigo químico podría revolucionar campos como la medicina, la farmacología y la conservación de la biodiversidad.
Y todo comenzó con un accidente en medio de la selva.
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