El historiador británico Eric J. Hobsbawm, en su obra Industria e Imperio (1968), ofreció una visión sobre cómo la Revolución Industrial transformó al mundo a partir de la colaboración entre el capital privado y el Estado. Hoy, en plena revolución tecnológica, observamos un cambio radical: el gran capital, representado por gigantes como Elon Musk o Jeff Bezos, opera con una autonomía sin precedentes, moldeando políticas y sociedades sin necesidad del soporte estatal tradicional.
¿Cómo llegamos a este punto? ¿Qué implicaciones tiene esta desvinculación del capital y el Estado? Reflexionemos sobre el pasado y el presente para entender el futuro.
Revolución Industrial según Hobsbawm: El Estado como aliado indispensable
El rol del Estado en la Revolución Industrial
Hobsbawm identificó tres factores clave en la génesis de la Revolución Industrial:
- Exportaciones: Impulsadas por un mercado internacional y respaldadas por el gobierno.
- Mercado interno: Base para la diversificación económica y la estabilidad social.
- Apoyo estatal: El gobierno británico abrió rutas comerciales, fomentó la innovación y financió la infraestructura necesaria.
El gobierno como socio del capital
El Estado actuó como un socio estratégico, facilitando el crecimiento de la economía industrial mediante incentivos, infraestructura y protección militar. Este modelo de colaboración permitió la expansión de la manufactura, el comercio y la innovación tecnológica.
Revolución tecnológica: El gran capital se emancipa del Estado
Del apoyo estatal a la autonomía corporativa
En la revolución tecnológica actual, el gran capital ha alcanzado un nivel de autonomía sin precedentes. Empresas como Tesla, Amazon o Meta ya no dependen del apoyo estatal. Por el contrario, moldean políticas públicas, influyen en normativas y concentran recursos que superan las economías de muchos países.
Ejemplo:
- Elon Musk: Su fortuna personal, estimada en $421,200 millones (Forbes, 2025), supera las economías de países como Portugal o Chile. Musk ahora encabeza el Departamento de Eficiencia Gubernamental en EE. UU., lo que ilustra cómo el capital se infiltra directamente en el poder político.
La lógica del capital desregulado
El capital actual, especialmente en las Big Tech, opera bajo una lógica propia:
- Moneda digital: Empresas como Meta han creado su propio dinero, ampliando su control sobre la economía.
- Influencia política: A través de think tanks, algoritmos y redes sociales, moldean campañas políticas, manipulan opiniones públicas y desinforman a gran escala.
- Impacto social: La acumulación de riqueza y la desregulación agravan la desigualdad, generando nuevas formas de exclusión.
Citando al economista griego Yanis Varoufakis:
“Las grandes tecnológicas están creando su propio dinero digital con el que atraernos aún más a su venenosa red de plataformas.”
Lecciones de Hobsbawm: Paralelismos y diferencias
El papel del Estado: De socio a subordinado
Mientras que en la Revolución Industrial el Estado era un actor clave, hoy se encuentra subordinado al capital globalizado. Este cambio es evidente en el caso de gobiernos que promueven la desregulación, como el de Javier Milei en Argentina, donde el poder estatal es desmantelado en favor de las corporaciones.
Desigualdad y acumulación
Hobsbawm advertía sobre el fortalecimiento de los grupos privilegiados durante la Revolución Industrial. En la actualidad, esta brecha se ha amplificado. La desposesión continúa, pero ahora bajo una lógica tecnológica que desplaza tanto a los trabajadores como a los consumidores hacia márgenes cada vez más estrechos.
El futuro: ¿Qué nos espera en la era del capital autónomo?
- Monopolios tecnológicos: Las Big Tech consolidan su dominio, con capacidad para dictar políticas públicas y transformar sectores completos de la economía.
- Erosión de la democracia: Algoritmos y trolls manipulan la percepción pública, debilitando la conciencia política y favoreciendo a las élites corporativas.
- Nuevas formas de regulación: Los intentos por controlar este poder desmedido han generado resistencias en Europa y América Latina, pero enfrentan retos significativos frente al poder económico global.
Conclusión: ¿Hacia dónde vamos?
La revolución tecnológica, al igual que la Revolución Industrial, está transformando profundamente la sociedad. Sin embargo, a diferencia del pasado, el capital ya no necesita al Estado como socio. Hoy, es un actor independiente con capacidad para moldear el futuro de las sociedades.
Como señaló Hobsbawm, la industrialización fue uno de los cambios más profundos en la historia humana. Ahora, asistimos a una revolución igualmente disruptiva, que redefine no solo la economía, sino también las estructuras políticas y sociales.
La pregunta clave es: ¿Podrán los Estados recuperar su relevancia frente al capital globalizado, o estamos entrando en una era donde las corporaciones dictan las reglas del juego?
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