Tras cinco días de intensos combates que dejaron 36 muertos y casi 300,000 desplazados, Tailandia y Camboya acordaron un alto el fuego incondicional. La presión internacional, con la ASEAN y figuras como Donald Trump mediando, fue clave para detener la escalada.
Un conflicto fronterizo que llevaba décadas latente entre Tailandia y Camboya explotó en una escalada de violencia armada, llevando a la región a su peor crisis militar en más de diez años. Durante cinco días de intensos combates, que incluyeron el uso de artillería pesada y ataques aéreos, se ha registrado un trágico saldo de al menos 36 personas muertas y una masiva crisis humanitaria que ha forzado el desplazamiento de aproximadamente 291,000 civiles de sus hogares en ambos lados de la frontera.
El Estallido: De Escaramuzas a Guerra Abierta
La raíz de esta violenta confrontación se encuentra en disputas territoriales no resueltas que datan de la era colonial, con el templo de Preah Vihear como epicentro simbólico. A pesar de que la Corte Internacional de Justicia otorgó la soberanía del templo a Camboya en 1962, Tailandia nunca aceptó por completo el fallo, manteniendo la zona como un punto de fricción constante.
La chispa que encendió la pradera esta vez fue un enfrentamiento en mayo que resultó en la muerte de un soldado camboyano, lo que desató una escalada que pasó de escaramuzas aisladas a un conflicto abierto con el uso de armamento pesado.
Acusaciones Cruzadas y Crímenes de Guerra
A medida que los combates se recrudecían, también lo hacían las acusaciones mutuas. El gobierno de Camboya acusó formalmente a Tailandia de emplear bombas de racimo, un tipo de munición prohibida por numerosos tratados internacionales debido a su naturaleza indiscriminada. Por su parte, Tailandia denunció que las fuerzas camboyanas atacaban infraestructura civil, incluido un hospital, actos que, de confirmarse, podrían constituir crímenes de guerra.
«El último comunicado de la cartera de Defensa camboyana acusa a Tailandia de ‘intensificar el conflicto en lugar de reducirlo’, mientras las fuerzas tailandesas lamentan que Nom Pen ‘no cese sus ataques’.»
La Presión Internacional: Un Coro por la Paz
La crisis rápidamente captó la atención mundial, generando una intensa presión diplomática para detener la violencia. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), bajo la presidencia de Malasia, asumió un rol de mediador principal, instando a ambas partes a sentarse a negociar.
Paralelamente, en un giro inesperado, el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, intervino personalmente, contactando a los líderes de ambas naciones para urgir un cese de las hostilidades. El Departamento de Estado de EE.UU. respaldó estos esfuerzos enviando funcionarios a Malasia para apoyar las negociaciones de paz. Potencias como China y organismos como las Naciones Unidas también hicieron un llamado enérgico a la contención y al diálogo.
El Alto el Fuego: Silencian las Armas
Tras días de máxima tensión y ante el temor de una guerra a gran escala, los esfuerzos diplomáticos finalmente dieron fruto. En una reunión de emergencia celebrada en Kuala Lumpur, Malasia, los gobiernos de Tailandia y Camboya acordaron un alto el fuego «inmediato e incondicional».
El cese de las hostilidades, anunciado por el primer ministro malasio, Anwar Ibrahim, entró en vigor a la medianoche del 28 de julio, poniendo fin a cinco días de derramamiento de sangre. El acuerdo fue recibido con alivio tanto por la comunidad internacional como por los cientos de miles de civiles desplazados.
El primer ministro camboyano, Hun Manet, expresó su confianza en que el acuerdo sentaría las bases para la normalización de las relaciones. Aunque la paz es aún frágil y las disputas territoriales de fondo persisten, este primer paso ha logrado silenciar las armas, abriendo una ventana crucial para que la diplomacia prevalezca sobre la guerra.


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