Japón exige a China explicaciones y medidas urgentes para prevenir futuras confrontaciones aéreas tras un peligrosísimo encuentro entre un caza J-15 chino y un avión P-3C japonés en el Pacífico, incidente que se habría repetido al día siguiente.
La tensión en el Pacífico ha alcanzado un nuevo pico este 12 de junio de 2025, después de que el gobierno de Japón denunciara formalmente una maniobra de extrema peligrosidad por parte de un avión de combate chino J-15. Según Tokio, el caza se aproximó a tan solo 45 metros de un avión de patrulla marítima P-3C Orion de la Fuerza Marítima de Autodefensa de Japón. El incidente ocurrió sobre aguas internacionales en el Océano Pacífico, un espacio aéreo que no está bajo la soberanía de ninguna nación.
Fuentes oficiales japonesas han calificado la acción como «extremadamente peligrosa» y han revelado, con creciente alarma, que un encuentro similar, con el mismo caza chino y otra aeronave japonesa, se habría producido apenas un día después. Esta repetición sugiere un patrón de comportamiento que va más allá de un simple error de cálculo.
Respuesta japonesa: Preocupación y exigencias claras
Ante la gravedad de los hechos, Japón ha activado todos los canales diplomáticos y de defensa para transmitir su «fuerte preocupación» a Pekín. El gobierno nipón ha exigido a las autoridades chinas que tomen medidas concretas e inmediatas para prevenir la recurrencia de este tipo de incidentes, que ponen en grave riesgo la seguridad de las tripulaciones y podrían desencadenar una escalada militar no deseada.
Este tipo de encuentros cercanos en el aire no son aislados, pero la proximidad reportada en esta ocasión es particularmente alarmante. Analistas militares señalan que volar a 45 metros de otra aeronave, especialmente cuando se trata de un ágil caza y un avión de patrulla más grande y lento, deja un margen mínimo para el error y aumenta exponencialmente el riesgo de una colisión catastrófica.
Un patrón de conducta que eleva el riesgo de conflicto
La repetición del incidente al día siguiente es un factor que agrava la situación. Lejos de ser un hecho aislado, podría interpretarse como una táctica deliberada por parte de las fuerzas chinas para poner a prueba los tiempos de respuesta y la determinación de Japón en la defensa de sus intereses y la seguridad de sus operaciones en aguas internacionales. Este comportamiento se enmarca en un contexto más amplio de creciente asertividad por parte de China en el Mar de China Meridional y Oriental, así como en el Pacífico Occidental.
La comunidad internacional observa con atención estos desarrollos. Un error de cálculo o una mala interpretación de intenciones en un entorno tan volátil podrían tener consecuencias impredecibles. Incidentes como el ocurrido en 2001 entre un avión espía estadounidense EP-3 y un caza chino, que resultó en una colisión y una crisis diplomática mayor, sirven como un sombrío recordatorio de los peligros inherentes a estas «intercepciones agresivas».
Implicaciones estratégicas y la búsqueda de estabilidad
Este tipo de provocaciones aéreas no solo elevan la tensión bilateral entre Tokio y Pekín, sino que también ponen a prueba la cohesión de las alianzas de seguridad en la región, particularmente el tratado de defensa entre Japón y Estados Unidos. Washington ha reiterado en múltiples ocasiones su compromiso con la seguridad de Japón y el mantenimiento de la libertad de navegación y sobrevuelo en la región.
La respuesta de China a las demandas japonesas será crucial. Una negativa a abordar seriamente estas preocupaciones o la continuación de maniobras peligrosas podrían llevar a Japón y a sus aliados a considerar contramedidas, incluyendo un aumento de las patrullas, cambios en los protocolos de enfrentamiento o incluso un fortalecimiento de las capacidades defensivas.
El gobierno del Primer Ministro japonés, Shigeru Ishiba, enfrenta la presión interna para demostrar firmeza ante lo que se percibe como una amenaza directa a la seguridad nacional. Estos eventos podrían reavivar el debate en Japón sobre su política de defensa, el nivel de gasto militar y el rol de sus Fuerzas de Autodefensa en un entorno de seguridad cada vez más complejo. La estabilidad regional depende, en gran medida, de la capacidad de las principales potencias para gestionar sus diferencias y evitar acciones que puedan llevar a un punto de no retorno.
