Una ola de indignación recorre el movimiento obrero europeo. Los principales sindicatos del continente han calificado la última revisión estratégica del Banco Central Europeo (BCE) como una «traición», acusando a la institución de perpetuar un «mito económico dañino» al culpar a los salarios de la inflación mientras ignora a los verdaderos responsables: los beneficios corporativos desmedidos y la especulación.
En el corazón de la política económica europea se ha abierto una profunda brecha. Los sindicatos, que representan a millones de trabajadores en todo el continente, han lanzado un ataque frontal contra el Banco Central Europeo, la institución encargada de mantener la estabilidad de precios en la eurozona. La disputa se centra en la narrativa sobre las causas de la reciente crisis inflacionaria y quién debe soportar la carga del ajuste.
El «Mito Refutado» de la Espiral Salarios-Precios
Según los líderes sindicales, la respuesta del BCE a la crisis inflacionaria de 2022-2023 se basó en «suposiciones obsoletas sobre una inflación impulsada por los salarios». La principal herramienta del banco fue una serie de agresivas subidas de los tipos de interés, una medida que, según los sindicatos, «llevó a los hogares al límite» y frenó inversiones cruciales en la transición ecológica y digital.
Los sindicatos argumentan que la idea de una «espiral salarios-precios» ha sido «completamente refutada» por los datos. Sostienen que los salarios han ido constantemente por detrás de la inflación, lo que ha provocado una pérdida significativa del poder adquisitivo para los trabajadores.
Curiosamente, el propio informe del BCE parece darles la razón, aunque lo interpreta de manera opuesta. El documento del banco central señala que «el riesgo de espirales de precios y salarios… fue contenido por… un papel limitado de la indexación salarial».
Esta divergencia es fundamental. El BCE considera la contención salarial como un éxito que evitó un mal mayor. Los sindicatos, en cambio, la ven como la prueba de que los salarios nunca fueron el problema y que los trabajadores han sido injustamente castigados.
Los Verdaderos Culpables, Según los Sindicatos
Para el movimiento obrero, el BCE ha ignorado deliberadamente a los verdaderos catalizadores de la inflación. Señalan tres factores clave:
- Cadenas de suministro frágiles: La dependencia de cadenas de producción globales que se rompieron durante y después de la pandemia.
- Dependencia de los combustibles fósiles: La vulnerabilidad a los shocks de precios de la energía.
- Poder de fijación de precios corporativo sin control: La capacidad de las grandes empresas para aumentar sus márgenes de beneficio bajo el pretexto de la inflación.
«Los trabajadores exigen no neutralidad, sino justicia; no miedo a la inflación, sino políticas audaces y coordinadas que sirvan a la gente, no solo a los mercados», concluye la declaración de los sindicatos europeos.
Los sindicatos exigen un cambio de paradigma. Argumentan que el mandato legal del BCE, según el Artículo 127 del Tratado de Funcionamiento de la UE, le obliga a apoyar objetivos más amplios de la Unión, como el pleno empleo, el progreso social y la sostenibilidad medioambiental. Acusan al banco de no cumplir con su mandato completo al priorizar una definición estrecha de la estabilidad de precios por encima del bienestar de los ciudadanos.
Una Demanda Social Generalizada
La crítica de los sindicatos resuena con un sentimiento público más amplio. Una reciente encuesta del Eurobarómetro reveló que 9 de cada 10 europeos (88%) consideran que una «Europa social» es personalmente importante para ellos. Los temas más acuciantes para los ciudadanos son la igualdad de oportunidades, las condiciones de trabajo justas y el acceso a una sanidad de calidad. Además, el 71% de los encuestados considera que la falta de derechos sociales es un problema grave.
Este descontento generalizado proporciona un potente telón de fondo para la confrontación entre los sindicatos y el BCE. La percepción de que la política monetaria europea beneficia a los mercados financieros en detrimento de los trabajadores choca directamente con las prioridades declaradas de la ciudadanía.
La batalla está servida. Por un lado, una institución tecnocrática centrada en la ortodoxia económica. Por otro, un movimiento social que exige que la política económica tenga un rostro humano y sirva a objetivos sociales más amplios. El resultado de este choque definirá la dirección económica y social de Europa en los próximos años.


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