Desde el inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, un sector crítico ha puesto su fe en que actores externos ─particularmente Estados Unidos─ actúen como contrapeso a las decisiones del régimen mexicano. Primero, se pensó que Donald Trump frenaría a AMLO. Luego, que los mercados financieros pondrían en jaque a su administración. Más tarde, que Joe Biden sería la voz moral que exigiría democracia en México.
Ninguno de estos escenarios se concretó. Ahora, con el regreso de Trump a la presidencia estadounidense, vuelve a surgir la pregunta: ¿puede Estados Unidos, en particular bajo un liderazgo autoritario como el de Trump, salvar a México de su propio gobierno?
Estados Unidos y su pragmatismo político
La idea de que Estados Unidos actúe como guardián de la democracia es, en el mejor de los casos, un mito. A lo largo de su historia, la relación de Estados Unidos con regímenes autoritarios ha estado marcada por una constante: priorizar intereses económicos y estratégicos sobre principios democráticos.
China: El experimento fallido
Estados Unidos apostó por abrir el mercado chino al capitalismo, creyendo que el desarrollo económico traería consigo libertades democráticas. En lugar de eso, China consolidó su modelo autoritario, acumuló poder económico y desafió la hegemonía estadounidense, generando tensiones más profundas.
Arabia Saudita: Valores a cambio de petróleo
A pesar de promesas iniciales, Joe Biden abandonó cualquier sanción significativa contra el príncipe heredero Mohamed bin Salmán tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi. La razón fue simple: Arabia Saudita es un pilar del mercado energético global.
India: Autoritarismo con alfombra roja
El primer ministro indio, Narendra Modi, fue recibido con honores en Washington, a pesar de las denuncias de persecución a minorías y conspiraciones para atacar a opositores en Occidente.
Donald Trump y los gobiernos autoritarios
Lejos de ser un defensor de la democracia, Trump ha mostrado afinidad con líderes autocráticos como Vladimir Putin y Kim Jong Un. Su relación con México no fue la excepción: si bien impulsó políticas como el T-MEC, su trato con el gobierno mexicano estuvo marcado por amenazas y concesiones a cambio de mantener sus intereses prioritarios, como la militarización de la frontera.
En este contexto, pensar que Trump será un dique para las aspiraciones autoritarias en México es ilusorio. Si algo busca Trump, es un socio dócil que facilite su agenda, sin importar el tipo de gobierno que lo encabece.
¿Qué significa esto para México?
- El pragmatismo se mantiene
Estados Unidos no intervendrá en la política interna de México mientras sus intereses comerciales y de seguridad fronteriza estén asegurados. - Amenazas de soberanía
Con Trump en el poder, temas como el tráfico de fentanilo o la migración se manejarán con una retórica agresiva y medidas unilaterales que podrían incluir incursiones económicas y militares simbólicas. - Relación funcional, no democrática
Para Trump, lo importante no será la democracia en México, sino que el gobierno sea funcional a sus objetivos. Esto podría significar presiones para alinearse a su agenda o recibir recompensas si se sigue el guion estadounidense.
Un llamado a mirar hacia dentro
La esperanza de que un actor externo salve la democracia mexicana subestima la capacidad de la sociedad mexicana para transformarse. Es hora de dejar de mirar al norte y asumir que el destino democrático del país está en manos de sus ciudadanos y sus instituciones.
La consolidación de contrapesos internos, la participación activa en procesos electorales y el fortalecimiento de las organizaciones civiles son los verdaderos mecanismos para enfrentar cualquier intento autoritario, sea local o externo.
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