Lejos de los refugios y del pánico, en los parques de Damasco y en las azoteas de Beirut, se vive una realidad paralela. Es la historia de quienes, tras años de ser las víctimas, hoy son los espectadores de una guerra ajena que observan con una mezcla de cinismo y oscura satisfacción.
En un parque con vistas a Damasco, mientras los misiles balísticos trazan arcos luminosos en el cielo nocturno en su camino hacia Israel, no hay gritos de terror. Hay pipas de hookah, sorbos de mate y una fascinación desapegada. Khaldoun Hallak, un joven de 25 años, resume un sentimiento que recorre Siria y Líbano: «Hemos pasado por 14 años de guerra, y esta es la primera vez que no tenemos nada que ver y solo somos espectadores».
Esta no es una historia sobre el miedo a la guerra. Es sobre la cruda y compleja reacción de aquellos que, habiendo sido el tablero de juego de las potencias regionales durante más de una década, ahora ven cómo esas mismas potencias se atacan entre sí.
«Si un Lado es Impactado, Estaremos Felices»
Las palabras de los jóvenes sirios en los parques de Damasco son un puñetazo a la conciencia. Reflejan un cinismo forjado en el fuego de una guerra civil devastadora, un conflicto en el que tanto Irán, a través de su apoyo a Bashar al-Ásad y a Hezbolá, como Israel, con sus constantes bombardeos sobre territorio sirio, han dejado una profunda cicatriz de resentimiento.
«Que Dios ponga a los opresores unos contra otros», dice Ahmad al-Hussein, de 18 años, mientras observa el cielo. «Espero que continúe. Nos han perjudicado ambos».
«Cada vez que vemos un misil subir, decimos, que Dios eche gasolina a este conflicto. Si un lado es impactado, estaremos felices, y si el otro lado es golpeado, también estaremos felices. Solo nos molestará si hay una reconciliación entre ellos.» – Khaldoun Hallak, residente de Damasco.
Este sentimiento, que podría parecer monstruoso desde la comodidad de Occidente, es la consecuencia directa del trauma. Es una forma de schadenfreude —alegría por el mal ajeno— nacida de la impotencia. Para ellos, no se trata de ser pro-iraní o pro-israelí, sino de experimentar un sombrío alivio al ver a sus verdugos probar una dosis de su propia medicina.
Bailando Bajo las Bombas en Beirut
La misma escena, con matices locales, se repite en Líbano. Un país que aún no se recupera de la última guerra con Israel y de una crisis económica paralizante, ve pasar los misiles con una surrealista normalidad. En redes sociales se han viralizado videos de bodas y fiestas en azoteas de Beirut donde los invitados bailan y beben mientras los proyectiles iluminan el horizonte.
El analista Firas Maksad fue testigo de una de estas escenas: mientras sonaba «Gimme! Gimme! Gimme!» de ABBA, los misiles cruzaban el cielo. Su conclusión es reveladora: «Sin duda, la mayoría en Líbano y también en Siria están muy satisfechos de estar fuera del alcance de esto». El cambio de rol, de víctimas a espectadores, ha generado una extraña sensación de liberación.
El Júbilo del Vengado y el Miedo del Silencioso
Por supuesto, la realidad no es monolítica. En las zonas del sur de Líbano y el valle de la Bekaa, bastiones de Hezbolá, el sentimiento es de júbilo y vindicación. Después de las pérdidas sufridas en conflictos anteriores, «cualquier cosa, incluso una ventana rota en Tel Aviv, es (ahora) una victoria para ellos», explica un estudiante local. Cada misil iraní que pasa es recibido con gritos de alegría.
Pero junto a la celebración, existe un miedo palpable. El mismo estudiante reconoce la existencia de un «grupo silencioso abrazando el muro, como decimos en árabe, caminando con cuidado y rezando para que nos mantengamos al margen». Son aquellos que temen, por encima de todo, ser arrastrados de nuevo al centro de un conflicto que no es el suyo, en un país que ya acoge a más de un millón de refugiados sirios y cuyas infraestructuras de agua y educación están al borde del colapso.
La paz que anhelan estos espectadores no es una paz global, sino una paz egoísta y comprensible: que la guerra siga, pero que siga en otra parte. Su único temor, como confiesa Khaldoun, es que haya una «reconciliación entre ellos», porque eso significaría que el foco de la violencia podría volver a posarse sobre sus cabezas.


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