En un giro que parece salido de la era de la Guerra Fría, el presidente Vladímir Putin ha dado un nuevo paso para exportar lo que llama “periodismo patriótico”. En un acto simbólico, Rusia y la dictadura de Kim Jong Un, en Corea del Norte, firmaron un acuerdo de cooperación mediática que contempla el intercambio de información entre servicios estatales y privados, así como la organización de retransmisiones conjuntas.
De periodista libre a megáfono estatal
Imagina a un reportero que en lugar de investigar denuncia de corrupción o hacer preguntas incómodas, se convierte en una voz que repite consignas: “la patria primero”, “el Estado siempre tiene la razón”. Esta es parte del guion que ahora se exporta desde Moscú hacia Pyongyang. En Rusia, la campaña de cierre de medios independientes ya había dejado casi sin voz crítica al poder. Y ahora ese modelo se multiplica. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, los medios independientes rusos han sido perseguidos o huido al exilio.
¿Por qué este pacto Rusia-Corea?
El pacto marca una nueva etapa en la alianza entre Rusia y Corea del Norte: no solo militar o económica, sino también mediática. La lógica: al controlar el flujo de información, se controla la narrativa. El comunicado oficial ruso habla de “una base para una cooperación profunda y mutuamente beneficiosa”. Ambos países comparten una visión autoritaria del mensaje público, y este acuerdo es un vehículo para sincronizar sus medios en un entorno global cada vez más polarizado.
¿Qué incluye el acuerdo?
Entre otros elementos, se acordó:
- Intercambio de contenidos entre medios estatales y privados de ambos países.
- Retransmisiones conjuntas de programas de información.
- Cooperación en el ámbito digital y tecnológico para el desarrollo de plataformas mediáticas.
El pacto simbólico evidencia cómo el “periodismo patriótico” no es solo local: ahora tiene un alcance internacional, y busca influir no solo internamente, sino también en la construcción de alianzas globales.
Las implicaciones para la libertad de prensa
Cuando dos potencias con historial de censura firman un pacto mediático, la alarma se activa. Rusia ya había transformado su ecosistema mediático hacia un enfoque oficialista. Ahora, al extender esa lógica hacia Corea del Norte —uno de los países más cerrados del mundo—, se refuerza una estrategia global de control de la narrativa. En ese escenario, la pluralidad de voces y la prensa independiente quedan aún más al margen.
Historia con rostro humano
Hace apenas unos años, en Moscú o San Petersburgo, un reportero independiente podía investigar abusos, entrevistar opositores o denunciar la falta de transparencia. Ahora, esos mismos espacios han sido tomados por medios afines al gobierno, y los periodistas críticos han huido, cerrado sus medios o viven en el exilio. El pacto mediático apenas firmado añade un nuevo nivel: cooperación internacional para que el modelo de prensa controlada se consolide más allá de fronteras.
¿Qué viene ahora?
Este acuerdo abre la puerta para nuevas formas de cooperación mediática entre Rusia y Corea del Norte: plataformas compartidas, contenidos alineados y narrativas sincronizadas. Para el resto del mundo, es una señal de alerta sobre cómo los regímenes autoritarios buscan no solo armas o comercio, sino también dominar el terreno de la información.
