Cuando Vladimir Putin decidió invadir Ucrania en 2022, no solo buscaba avanzar en territorio: también apuntó a controlar una de las infraestructuras más sensibles del continente, la planta nuclear de Zaporizhzhia, la mayor de Europa. Lo que comenzó como una operación militar terminó por convertirse en un símbolo de poder geopolítico, una amenaza que hoy mantiene en vilo a Occidente.
Ubicada en el sur de Ucrania, la central fue tomada por el ejército ruso tras intensos combates. Desde entonces, el complejo opera bajo el mando de Rosatom, la empresa estatal rusa de energía nuclear, mientras el personal ucraniano continúa trabajando bajo vigilancia militar.
El poder estratégico detrás de la ocupación
Según la revista Time, Putin conocía cada detalle técnico de la planta antes del asalto. Su objetivo era claro: usar la central como palanca política y herramienta de presión. La instalación se transformó en un escudo militar y en un punto de negociación frente a Occidente, que teme un accidente nuclear de consecuencias devastadoras.
El director del OIEA, Rafael Grossi, ha sido testigo de esta tensión. “Para ellos, la planta es más que un objetivo militar”, aseguró tras reunirse con Putin. Su advertencia fue contundente: cualquier daño a los sistemas de refrigeración o energía podría desencadenar una catástrofe similar —o peor— que Chernóbil.
La vida bajo ocupación rusa
Dentro del complejo, miles de trabajadores ucranianos permanecen atrapados entre su deber profesional y el control militar ruso. Informes internacionales documentan extorsión, detenciones arbitrarias y torturas. El caso de Ivan Samoydyuk, vicealcalde de Energodar, se volvió emblemático: fue arrestado tras intentar mediar entre las partes y permaneció 323 días cautivo.
El alcalde local, Oleg Orlov, describió la desesperación de los primeros días del asalto: “Intentamos detenerlos con bloqueos humanos, pero el fuego ruso fue inmediato”. Los intentos de resistencia civil duraron apenas unos días antes de que las tropas rusas impusieran su control total.
Una bomba de tiempo nuclear
Desde la ocupación, más de diez apagones han dejado a la planta desconectada del sistema eléctrico ucraniano, dependiendo de generadores de emergencia para mantener la refrigeración del combustible nuclear. Grossi ha insistido en que estos cortes colocan a Europa “al borde del riesgo más grave desde 1986”.
El OIEA mantiene presencia permanente en la zona, pero con acceso limitado. Los observadores confirman la existencia de vehículos militares y municiones dentro del perímetro de seguridad. Mientras tanto, las ciudades cercanas, como Nikopol, han sido blanco de artillería lanzada desde los alrededores de la planta.
“Nos usan como práctica de tiro”, denunció el exalcalde Yevhen Yevtushenko, mostrando restos de proyectiles. El éxodo de la población civil ha sido masivo, dejando a Nikopol casi vacía.
Una pieza clave en el ajedrez de Putin
Zaporizhzhia ya no solo es un símbolo de energía: es un instrumento diplomático y militar. Rusia la usa para presionar en negociaciones de paz y condicionar los suministros eléctricos de Ucrania. Las propuestas internacionales para colocar la planta bajo administración neutral no han prosperado, y el futuro del complejo sigue incierto.
“Esta historia se escribe día a día. Nadie conoce el final”, concluyó Grossi, reflejando la incertidumbre que rodea a una de las instalaciones más peligrosas del planeta.
Mientras la guerra continúa, Zaporizhzhia permanece como un recordatorio del riesgo nuclear en tiempos de ambición y conflicto. Su control define no solo la seguridad de Ucrania, sino la estabilidad de toda Europa.


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