Roman Starovoit, quien hasta hace unos días se desempeñaba como ministro de Transportes de Rusia, fue encontrado sin vida en un suburbio de Moscú, apenas horas después de haber sido destituido por el presidente Vladimir Putin. La noticia ha provocado conmoción tanto en Rusia como en la comunidad internacional, reavivando viejas teorías de conspiración sobre la forma en que el mandatario ruso “castiga” a quienes considera traidores o amenazas dentro de su propio círculo.
Con 53 años de edad, Starovoit tenía una larga trayectoria política ligada al Kremlin. Antes de llegar al gabinete federal en mayo del año pasado, fue gobernador de la región de Kursk, una zona estratégica en el conflicto con Ucrania debido a su cercanía con la frontera. Su experiencia y lealtad lo convirtieron en una figura clave en la administración de Putin, en funciones desde 1999.
Suicidio oficial, conspiración mediática
El Comité de Investigación de Rusia confirmó que Starovoit murió por suicidio, aunque no ofreció mayores detalles sobre las circunstancias del hallazgo. La falta de claridad y la velocidad con la que se cerró el caso han alimentado las especulaciones de analistas y medios independientes, quienes recuerdan casos similares de antiguos colaboradores del Kremlin que enfrentaron destinos trágicos tras caer en desgracia ante el poder central.
Entre los ejemplos más notorios se encuentra Vladimir Kara-Murza, excolaborador del opositor Boris Nemtsov. Kara-Murza, crítico abierto de Putin, fue condenado y trasladado a una prisión en condiciones extremas dentro del Ártico, un castigo considerado como ejemplar para disidentes.
El caso de Starovoit, aunque oficialmente clasificado como suicidio, plantea nuevamente la pregunta sobre los métodos de control y represión dentro del círculo más cerrado del poder ruso. Para muchos, no se trata solo de una tragedia personal, sino de una señal más de que, en el entorno de Putin, perder el favor presidencial puede tener consecuencias mortales.
Hasta el momento, el Kremlin no ha emitido una declaración oficial sobre la muerte de Starovoit, mientras la comunidad internacional sigue con atención lo que podría ser otro capítulo oscuro en la política rusa contemporánea.


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