En 2021, los habitantes de la península de Reykjanes pensaban que vivían sobre una tierra dormida. Tras 800 años de silencio, la región despertó con una explosión. Desde entonces, Islandia vive una transformación geológica sin precedentes. Las 11 erupciones registradas desde ese año no son hechos aislados, sino el comienzo de un ciclo eruptivo que podría extenderse durante 400 años, según expertos de la Universidad de Islandia.
Este fenómeno geológico empuja al país nórdico a repensar todo: desde su desarrollo urbano hasta la ubicación de infraestructuras críticas como el aeropuerto internacional de Keflavik o la famosa laguna geotérmica Blue Lagoon.
La amenaza latente bajo el suelo islandés
Islandia se asienta sobre la grieta tectónica entre las placas de Norteamérica y Eurasia, una posición que la convierte en un punto caliente de actividad sísmica y volcánica. Pero lo que sorprende ahora es la constancia y potencia del ciclo eruptivo en Reykjanes.
El subsuelo de la península alberga seis sistemas volcánicos, y su reactivación ha forzado a científicos y autoridades a trabajar contrarreloj. “Estamos frente a un evento que definirá siglos de desarrollo”, advirtió Thor Thordarson, vulcanólogo islandés.
Ingeniería volcánica: contener la lava con rocas
La respuesta del gobierno ha sido tan innovadora como audaz. En torno a la localidad de Grindavik, excavadoras y camiones han levantado un sistema de barreras físicas que ya se considera el más grande del mundo. Con más de 13.5 kilómetros de extensión y millones de metros cúbicos de material volcánico, estas murallas buscan frenar el avance de la lava.
Para Jon Haukur Steingrimsson, geólogo a cargo del proyecto, “la lava es como cualquier otro material. Hay que entenderla, no temerle”.
Además, técnicas como el enfriamiento de flujos con agua de mar se están reactivando, con Japón y otros países interesados en replicar la estrategia islandesa.
Reikiavik en la mira: ¿una capital en riesgo?
Aunque la capital islandesa no se encuentra directamente sobre una falla activa, los riesgos indirectos preocupan a las autoridades. Daños en las líneas de energía geotérmica, agua potable o calefacción podrían paralizar la ciudad. Por ello, la planificación urbana está cambiando.
Se evalúa expandir la ciudad hacia el norte, lejos del riesgo sísmico, y reubicar incluso el aeropuerto nacional. “No podemos apostar todo a Reikiavik”, explicó Thordarson.
Desplazamiento y dilemas humanos
Las consecuencias humanas son profundas. En Grindavik, el gobierno ofreció compensaciones por el 95 % del valor asegurado de las viviendas, invirtiendo más de 500 millones de dólares para reubicar a miles de personas. Aun así, muchos se enfrentan a la pérdida de valor de sus propiedades y a la incertidumbre de rehacer sus vidas lejos del hogar.
Mientras tanto, la presión inmobiliaria en la capital crece, y las decisiones actuales definirán el Islandia del futuro.
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