Durante décadas, el discurso internacional estuvo marcado por una aspiración liberal y multilateralista que daba por sentada la soberanía de los Estados, la cooperación global y el orden basado en normas. Sin embargo, en los últimos años, una serie de acciones coordinadas —desde la invasión rusa a Ucrania, pasando por la creciente presión de China sobre Taiwán, hasta el reforzamiento militar estadounidense en el Pacífico— han reactivado un lenguaje que parecía parte del pasado: las zonas de influencia.
Este retorno a una visión más dura de la geopolítica plantea una pregunta clave: ¿están las grandes potencias redefiniendo el mapa global bajo una lógica de bloques y esferas de control, como en la Guerra Fría? Y si es así, ¿qué significa eso para los países medianos y pequeños atrapados entre intereses cruzados?
El modelo de equilibrio de poder reaparece
Uno de los signos más visibles de esta tendencia es el uso creciente de herramientas militares, económicas y diplomáticas para afirmar control regional. Rusia considera a Ucrania parte de su “extranjero cercano” y reacciona con fuerza ante cualquier intento de integración de Kiev a Occidente. En Asia, China ha intensificado su política hacia el estrecho de Taiwán y el mar de la China Meridional, mientras señala como «inadmisible» cualquier intervención externa en lo que denomina “asuntos internos”.
Estados Unidos, por su parte, ha reafirmado su presencia global mediante pactos como AUKUS y el Quad, y ha reforzado la OTAN en Europa del Este. Esta lógica de poder no solo responde a amenazas reales o percibidas, sino también a un cambio doctrinal: las potencias ya no apuestan únicamente por reglas universales, sino por proteger su influencia en regiones clave.
El declive del multilateralismo como facilitador
El retroceso del multilateralismo también ha facilitado el regreso de estas dinámicas. Organizaciones internacionales como Naciones Unidas o la OMC muestran una capacidad cada vez más limitada para mediar conflictos o arbitrar disputas geopolíticas. Las potencias utilizan estos foros cuando les conviene, pero optan por acuerdos bilaterales o mecanismos ad hoc cuando buscan resultados rápidos o evitar bloqueos políticos.
En este nuevo contexto, la noción de soberanía absoluta se ve erosionada por la presión de intereses estratégicos regionales. Ya no basta con el reconocimiento diplomático: los Estados deben navegar hábilmente entre las expectativas de distintas potencias para preservar su autonomía. El caso de Finlandia y Suecia, que abandonaron su histórica neutralidad para unirse a la OTAN, refleja cómo el mapa de alianzas también responde a este nuevo cálculo de seguridad.
Las potencias emergentes también adoptan esta lógica
No solo las grandes potencias tradicionales están jugando este juego. India, Turquía, Brasil y otras potencias regionales han comenzado a aplicar estrategias similares. India vigila con atención la influencia china en el sur de Asia y el océano Índico. Turquía extiende su influencia en el Cáucaso, África y Asia Central con una mezcla de diplomacia, inversiones e intervención militar. Estas potencias no necesariamente buscan una hegemonía global, pero sí consolidar una esfera regional donde sus intereses prevalezcan.
Esta tendencia refuerza una realidad: el mundo se está fragmentando en bloques de poder donde la influencia se negocia, se impone o se defiende. Ya no se trata de exportar modelos universales, sino de garantizar estabilidad dentro de los propios términos geoestratégicos.
Implicaciones para los países no alineados
Para los países medianos o pequeños, este escenario representa un dilema profundo. Mantener una política de no alineación resulta cada vez más difícil cuando las potencias demandan lealtades explícitas. Las presiones comerciales, militares o diplomáticas han aumentado, y con ellas, el riesgo de perder márgenes de soberanía efectiva.
Sin embargo, algunos países han optado por una estrategia de equilibrio múltiple, manteniendo relaciones fluidas con distintas potencias. Vietnam, Indonesia o los Emiratos Árabes Unidos son ejemplos de Estados que han capitalizado esta nueva competencia para obtener beneficios sin alinearse del todo. Pero esta táctica requiere habilidad diplomática, capacidad de resistencia interna y una economía suficientemente flexible para maniobrar en un entorno volátil.
Un orden híbrido e incierto
El regreso de las zonas de influencia no implica necesariamente un retorno idéntico a la Guerra Fría. El mundo de hoy está más interconectado y las dependencias cruzadas —tecnológicas, financieras, energéticas— limitan el margen para una división total. Sin embargo, los principios de respeto mutuo y autonomía están siendo reinterpretados por las potencias como permiso para imponer su voluntad en áreas que consideran vitales para su seguridad o prestigio.
Este fenómeno sugiere que el futuro inmediato será un orden híbrido, donde conviven instituciones multilaterales debilitadas con esferas de influencia reforzadas. Las normas seguirán existiendo, pero su aplicación será desigual, y el poder será el principal mediador cuando los marcos institucionales no logren contener la confrontación.
Una era de pragmatismo geopolítico
El retorno de las zonas de influencia refleja no solo una adaptación a un mundo más competitivo, sino también una resignación parcial ante el fracaso de un orden internacional verdaderamente universal. Las potencias, al priorizar su seguridad y prestigio sobre las normas comunes, empujan al resto del mundo a adoptar posturas pragmáticas, en las que la flexibilidad y la capacidad de adaptación serán esenciales para sobrevivir y prosperar.
Mientras tanto, el reto global será evitar que este nuevo realismo geopolítico derive en conflictos abiertos, y construir —en medio de esta fragmentación— espacios mínimos de entendimiento donde la diplomacia aún tenga margen de acción.
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