En mi opinión pasada reflexioné e hice mención del informe que presentó la ONU el 4 de julio sobre la violación constante de los derechos humanos que viven las mujeres que deciden ser madres y que refleja la discriminación sistemática en los espacios sociales por el hecho de ejercer la maternidad.
Dentro de las esferas sociales y atención a su salud, a la que alude el informe, se encuentra la atención obstétrica. En dicho informe se reconoce la existencia de prácticas e intervenciones en el ejercicio de la salud materna que deben ser identificadas como discriminación hacia la mujer embarazada.
En ese sentido, al descolocar la violencia obstétrica como una de las discriminaciones sistemáticas, dejé de ver este tipo de violencia como una acción normal o cotidiana dentro de la atención perinatal, esto es, que se piense que las intervenciones médicas que violentan la integridad de las embarazadas son razonables por el hecho de que el personal de salud las considere “correctamente profesionales”. Es una manera de justificar la violencia hacia las embarazadas en el ámbito clínico.
Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de Violencia Obstétrica (VO)? Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) es aquella que sufren las mujeres durante el embarazo o el parto al recibir un maltrato físico, humillación y abuso verbal, o procedimientos médicos coercitivos o no consentidos. Asimismo, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, identifica la VO como una falta de respeto hacia la mujer, abuso y negligencia en el trato durante el embarazo, parto y posparto. Con base a lo anterior, la VO es un tipo de violencia de género que viven las mujeres, ya que se deriva de la violencia estructural e institucional que proviene de una cultura patriarcal que afecta a los diversos ámbitos de la vida cotidiana, social, económica, y por supuesto reproductiva, la cual se genera dentro del ámbito de la atención perinatal (embarazo, parto o puerperio).
Algunas de las acciones que violentan la integridad de las mujeres en etapa perinatal son la violencia verbal que reciben las mujeres durante su atención en el embarazo, parto y posparto; por ejemplo, agresiones verbales, como gritos, insultos, trato despectivo y/o autoritario; pero también se encuentra la manera de dirigirse a ellas con un lenguaje “amoroso y respetuoso” a través palabras como “mamacita” o “mi hijita”, que minimizan a las mujeres embarazadas, colocándolas como inferiores e ignorantes de su situación reproductiva.
El trato inferior hacia las mujeres perinatales dentro de la atención médica las coloca en un orden jerárquico donde el personal de salud ocupa el lugar superior, admitido por el hecho de ser los expertos y al contar con el conocimiento científico. Esta postura de superioridad lleva al personal de salud a ejercer maltrato “justificado” descalificando la información y el conocimiento que las mujeres poseen sobre su estado de salud o sobre su proceso de parto, sojuzgando los relatos de las mujeres sobre sus experiencias de otros partos o los cambios percibidos en sus propios cuerpos. Del mismo modo, desacreditan las vivencias corporales por las que mujeres están pasando. Por ejemplo, cuando sienten dolor, la o el médico no les cree o simplemente las ignoran.
Y cuando llega el parto se ejercen procedimientos técnicos “rutinarios” que no siempre son indispensables, como el rasurado de pubis, enemas evacuantes, episiotomías y revisiones de la cavidad uterina de manera previa al parto, o el hecho de inducir el parto antes de las 42 semanas de embarazo con uso de oxitócicos. O en la decisión de cómo parir, la o el médico no toman en cuenta el deseo de la mujer de cómo quiere el desenlace de su embarazo y dan por hecho que la técnica conveniente para la embarazada es la litotomía, es decir, acostada en posición horizontal, o la realización de cesáreas innecesarias, ambas prácticas normalizadas en el ámbito clínico.
Además están aquellos procedimientos sobrados sobre el cuerpo embarazado que realizan para “facilitar” el aprendizaje de estudiantes, internas/os y residentes, como son los tocamientos constantes para saber si la mujer está próxima para trabajo de parto.
La violencia institucional, es otra forma de VO que se da en distintos sentidos, por ejemplo al ejercer criterios deshumanizados después del parto, como el separar a las madres de sus bebés cuando se encuentran en buen estado de salud, restringir la lactancia sin motivos clínicos o no permitir visitas de familiares. Otra forma de VO es el diseño de los espacios en la atención materna, los cuales están diseñados para la comodidad del personal de salud, sin considerar las necesidades de las embarazadas.
Al mismo tiempo la VO es una violencia simbólica, al momento que el personal de salud se adueña de los cuerpos reproductivos de las mujeres, de la experiencia de su embarazo, parto y puerperio, inhabilitando sus opiniones y deseos.
Todas esas acciones que ejemplifican la VO son ejercicios de poder de la institución, y en particular del personal de salud hacia las mujeres perinatales, afectando la dignidad y el bienestar de las mujeres, que desembocan en consecuencias emocionales y psicológicas graves. El conjunto de acciones e intervenciones sobre violencia obstétrica que realiza las instituciones de salud en su conjunto (personal de salud, tipo de instalaciones, tramitología burocrática, y todas aquellas ya mencionadas) deberían ser consideradas como parte de las violencias que viven las mujeres dentro del campo de la salud sexual y reproductiva.
En una segunda parte continuaremos reflexionando sobre el tema enfocado al panorama en México.
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