La noche en que los muertos regresan a Santa María Atzompa
Cada 31 de octubre, cuando el sol comienza a ocultarse tras las montañas oaxaqueñas, Santa María Atzompa se transforma. Las calles, normalmente tranquilas, se llenan de familias cargando flores de cempasúchil, velas y canastas con pan. El aire huele a copal y a tierra húmeda, mientras las voces se mezclan en un murmullo de fe y nostalgia. Es la víspera de “la alumbrada de los muertos”, una de las tradiciones más queridas del pueblo zapoteca.
Los habitantes, fieles a sus raíces, acuden al panteón municipal para encender las velas que guiarán el regreso de las almas de sus seres queridos. Las tumbas, cubiertas con pétalos anaranjados y coronadas por cruces de flores, brillan bajo la luz temblorosa de la parafina. En silencio, los pobladores conversan con los ausentes, ofreciendo palabras que el viento parece llevar de un mundo a otro.
Un ritual que ilumina la memoria colectiva
La alumbrada no es solo una celebración: es un acto de resistencia cultural. En Santa María Atzompa, cada vela encendida representa la continuidad de un legado que se remonta a los tiempos prehispánicos, cuando los zapotecas creían que la muerte era solo una forma distinta de existencia.
Durante la noche, el panteón se convierte en un espacio sagrado donde la frontera entre los vivos y los muertos se desvanece. Las familias cenan junto a las tumbas, comparten chocolate caliente, pan de muerto y anécdotas que mantienen viva la memoria. Los niños juegan entre los caminos del cementerio, aprendiendo desde pequeños que la muerte no es miedo, sino amor y recuerdo.
Tradición frente al turismo desmedido
Sin embargo, no todo es armonía. Este año, varios vecinos denunciaron que las autoridades municipales permiten el ingreso de camionetas turísticas tipo Sprinter al panteón, restringiendo el paso a los propios habitantes del pueblo. “Solo los visitantes pueden entrar en sus vehículos, mientras nosotros debemos caminar con nuestras cosas”, relataron algunos asistentes.
El malestar crece porque, según los pobladores, este flujo turístico no se traduce en beneficios tangibles para la comunidad. “Ese dinero nunca se refleja en obras ni en mejoras del panteón”, lamentan. La tradición, que nació del respeto y la comunión familiar, corre el riesgo de convertirse en un espectáculo turístico donde la espiritualidad se diluye entre cámaras y visitas guiadas.
La fuerza de una comunidad que no olvida
A pesar de los reclamos, los habitantes de Santa María Atzompa mantienen su compromiso con las costumbres heredadas. Para ellos, mantener viva la alumbrada es mantener viva su identidad zapoteca. “Si dejamos de venir al panteón, dejamos de recordar quiénes somos”, dice una mujer mientras acomoda flores en la tumba de sus padres.
El resplandor de las velas se extiende hasta la madrugada del 1 de noviembre. Cuando el amanecer llega, las familias se despiden de sus muertos con la esperanza de volver a encontrarlos el próximo año. El panteón, cubierto de cera derretida y pétalos marchitos, guarda el eco de una noche que, más que ritual, es un acto de amor.
Santa María Atzompa: un faro de identidad cultural
En tiempos donde la modernidad amenaza con borrar las costumbres ancestrales, Santa María Atzompa se erige como símbolo de resistencia. Su alumbrada de los muertos no solo ilumina tumbas, sino también la memoria colectiva de México, recordando que la vida y la muerte son parte del mismo ciclo.
Los visitantes que asisten a esta ceremonia deben comprender que no se trata de un espectáculo, sino de una ofrenda viva. Cada vela encendida, cada flor colocada y cada oración susurrada forman parte de una herencia que merece respeto.
El fuego de las velas zapotecas seguirá ardiendo, desafiando el paso del tiempo y las distracciones del turismo. Porque mientras haya una luz encendida en el panteón de Santa María Atzompa, los muertos siempre sabrán el camino de regreso.


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