Fue en la madrugada del 11 de enero de 1967 cuando la Ciudad de México se despertó envuelta en un paisaje inusual: más de cinco centímetros de nieve cubrieron calles, edificios y parques. La capital mexicana, conocida por su clima templado, se transformó en un escenario digno de un cuento navideño.
Los periódicos de la época, como EL UNIVERSAL y Excélsior, capturaron la sorpresa y la belleza del fenómeno. “Miles de niños y adultos pegaban sus caras a los cristales para ver caer los copos de nieve”, narraron los reporteros.
Un espectáculo inolvidable: alegría y caos
La nevada trajo alegría a muchos capitalinos, que salieron a las calles para hacer muñecos de nieve y disfrutar del inusual clima. Escenarios emblemáticos como el Ángel de la Independencia, la Diana Cazadora y Bellas Artes lucieron cubiertos de blanco, convirtiéndose en el fondo perfecto para fotografías que inmortalizaron aquel momento histórico.
Sin embargo, la nevada también dejó estragos:
- Inundaciones: El Río de los Remedios se desbordó, afectando a colonias sin desagüe como Progreso Nacional.
- Cortes de servicios: La electricidad, el teléfono y las líneas telegráficas se interrumpieron en varias zonas.
- Tránsito detenido: Carreteras y trenes quedaron paralizados, atrapando a miles de personas.
Tragedias bajo el frío
Aunque la nevada ofreció una imagen mágica, también trajo consigo tragedias. Más de 20 accidentes automovilísticos y 41 muertes ocurrieron esa noche, algunas por choques, otras por hipotermia o intoxicación por monóxido de carbono debido a anafres encendidos en espacios cerrados.
Un incidente particularmente dramático ocurrió en la México-Cuernavaca, donde un joven lanzaba bolas de nieve a los autos y un conductor molesto terminó disparándole. Estos eventos demostraron que la sorpresa del fenómeno también evidenció la falta de preparación ante climas extremos en la capital.
Un fenómeno que marcó la historia climática
La última nevada similar registrada en la Ciudad de México ocurrió en 1907, cuando el Zócalo y la Alameda Central se cubrieron de nieve. En ambas ocasiones, la emoción y el desconcierto se mezclaron, mostrando cómo un fenómeno natural puede transformar la rutina de una ciudad entera.
En 1967, los capitalinos aprendieron que, aunque rara, la nieve puede ser tanto una fuente de alegría como de desafíos.
Un recuerdo entre el frío y la nostalgia
A más de cinco décadas de distancia, la nevada de 1967 sigue viva en la memoria colectiva de la Ciudad de México. Es un recordatorio de que incluso en una urbe acostumbrada al caos y la actividad frenética, la naturaleza puede detenerlo todo con un manto blanco.
Para quienes lo vivieron, fue un día irrepetible. Y para las nuevas generaciones, es una historia que se cuenta como una leyenda cada vez que el termómetro se acerca a cero.
¡Únete a nuestro canal en WhatsApp! Las noticias más relevantes del día directamente en tu dispositivo móvil


TE PODRÍA INTERESAR