El campo El Sapo amaneció vacío, como si nunca hubiera albergado al Circo Unión. Pero en su lugar, llegaron los camiones de las Atracciones Macías, cargados con la promesa de diversión para el pueblo. El aroma del zacate seco, apenas libre de las sombras de una carpa, pronto sería reemplazado por risas, luces y el característico crujir de los juegos mecánicos al encenderse.
Juegos mecánicos y sueños de infancia
Doña Viridiana y su comadre Alejandra sabían que este sería un día especial. Sus hijos, con los ahorros contados en monedas, planeaban cada peso: “Yo tengo 15 pesos, ¡me alcanza para los caballitos!” decía Lía. “Yo voy por la rueda de la fortuna”, gritaba Dario, mientras Lucian presumía su domingo ahorrado.
El mercado de los sentidos: churros, algodones y tamales
El corazón de la feria late al ritmo de los antojitos. Churros calientes, algodones de azúcar que se derriten al primer mordisco, y montones de hot cakes perfectamente apilados rodeados de frascos de mermelada y cajeta. Cada rincón de la feria ofrecía un deleite para los sentidos, acompañado de la incesante invitación de una bocina:
“¡Que no le cuenten, venga a conocer la víbora boa más venenosa! ¡Y no se pierda a la niña con cuerpo de tejón!”
Rifles, canicas y premios: los clásicos de la feria
Entre las atracciones, el stand de los rifles de corcho llamaba a los valientes. Don Asdrúbal lo intentó: disparó una y otra vez con la esperanza de tumbar una cajetilla de cigarros Faros o Delicados. Aunque los corchos rara vez alcanzaban su objetivo, los soldados de plomo y los conejitos no corrían la misma suerte y caían con el sonido de un timbre que anunciaba la victoria.
A unos pasos, el juego de las canicas atraía a Doña Eduviges. “¡Quiero ese elefantito!” decía mientras lanzaba las canicas sobre las tablas numeradas. Aunque no logró su premio, se fue con una sonrisa, prometiendo volver.
Los momentos que unen generaciones
La feria no es solo un espacio para juegos y comida; es un lugar donde los recuerdos se construyen. Los niños brincaban entre atracciones, los padres se deleitaban con los aromas y los abuelos recordaban sus propias historias de ferias pasadas.
En una noche mágica, El Sapo volvió a latir con vida. Entre las risas de los niños, los gritos de emoción en la rueda de la fortuna y las luces que iluminaban el cielo, la feria se convirtió en un espacio que unió al pueblo entero.
Conclusión: La feria, un viaje al corazón de nuestras tradiciones
Las ferias itinerantes no solo traen juegos y atracciones; traen historias, recuerdos y un pedacito de magia que permanece mucho después de que los camiones se han ido. Son un recordatorio de las cosas simples que nos hacen felices: compartir momentos con los que amamos y sentirnos, aunque sea por una noche, parte de algo más grande.
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