El 19 de septiembre de 1985, la Ciudad de México fue sacudida por un terremoto devastador. En la colonia Roma, la tragedia dejó un escenario dantesco: edificios colapsados, hospitales afectados y decenas de vidas perdidas. Según Alejandro Varas, fundador de la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de septiembre de la Roma, “hubo problemas en 460 inmuebles, desde riesgos de colapso hasta derrumbes totales”.
Lo que el sismo reveló fue más que destrucción física: mostró un fenómeno de hacinamiento inmobiliario que se había gestado desde finales de los años 60. Grandes casas y casonas, originalmente habitadas por familias acomodadas, se habían subdividido para alojar a decenas de personas en espacios mínimos, creando condiciones críticas para la emergencia.
La voracidad inmobiliaria y el impacto en los damnificados
El arrendamiento y subarrendamiento intensivo convirtió salones de 20 metros cuadrados en cinco cubículos de apenas 4 metros. Este desdoblamiento de familias multiplicó los damnificados durante el sismo y expuso las lagunas legales que protegían al capital inmobiliario por encima de los inquilinos.
La tragedia también reveló la ausencia de organización vecinal, que solo surgió como respuesta a la emergencia. La CUD (Coordinadora Única de Damnificados) nació para proteger a los habitantes, organizar rescates y exigir soluciones ante la inacción de las autoridades. La solidaridad se convirtió en herramienta de supervivencia, con apoyo de artistas, organizaciones religiosas y grupos internacionales.
Reconstrucción y aprendizaje para el futuro
Treinta y dos años después, la colonia Roma enfrentó otro sismo en 2017. A diferencia de 1985, las construcciones reconstruidas resistieron gracias al control ciudadano y la supervisión vecinal. Sin embargo, la explosión inmobiliaria reciente evidenció corrupción, violación de reglamentos y materiales inapropiados, recordando que la seguridad estructural sigue siendo un reto.
La historia de la Roma refleja la transformación de un barrio aristocrático en un espacio donde la solidaridad vecinal y la organización comunitaria son claves para enfrentar desastres, mientras persisten retos de vivienda y regulación urbana.
Lecciones y legado del movimiento vecinal
El sismo del 85 no solo fue una tragedia natural; fue un catalizador social y político. La organización de los vecinos permitió reconstruir la colonia, integrar soluciones de vivienda y formar movimientos que influyeron en la política local, dando origen a líderes y movimientos progresistas.
Como reflexiona Varas, “la solidaridad de la comunidad se fue convirtiendo en una toma de poder”, transformando la memoria urbana de la Roma y dejando un legado sobre la importancia de la participación ciudadana ante las emergencias.


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