jueves, febrero 5, 2026

La Corregidora Sin Dueño

“Las Mujeres No Somos de Nadie”. La declaración de la Presidenta Sheinbaum que sacude los cimientos del patriarcado.

“Las Mujeres No Somos de Nadie”. La declaración de la Presidenta Sheinbaum que sacude los cimientos del patriarcado.

Capítulo 1: El Taconazo que Resonó Doscientos Años Después

La noche del 15 de septiembre de 2025, el aire del Zócalo de la Ciudad de México era una mezcla densa de ozono, maíz asado y una expectación casi líquida. La lluvia intermitente había dejado el asfalto como un espejo oscuro, reflejando las luces tricolores que bañaban la Catedral Metropolitana y el Palacio Nacional. Entre la multitud compacta, bajo un mar de paraguas y plásticos improvisados, se encontraba la doctora Elena Ramírez, historiadora de la UNAM. A sus 35 años, había estudiado este ritual, la liturgia cívica más sagrada de México, desde todos los ángulos posibles. Pero esa noche, no era académica. Era una ciudadana más, empapada y expectante, a punto de presenciar cómo la historia dejaba de ser un texto para convertirse en un estruendo.

El momento era, por sí solo, un hito. Por primera vez en 215 años, una mujer ocuparía el balcón central para dar el Grito de Independencia. Los símbolos que precedieron al acto principal ya habían marcado un cambio de era. La escolta que marchó por los salones palaciegos para entregar la bandera nacional a la Presidenta Claudia Sheinbaum estaba compuesta, en un gesto inédito, exclusivamente por mujeres cadetes del Heroico Colegio Militar.3 La propia Presidenta apareció en el balcón con un vestido cuya falda, bordada por manos artesanas, tenía un fondo de un inconfundible tono morado, el color que representa la lucha feminista a nivel mundial.

La multitud rugió cuando Sheinbaum tomó la bandera. El ritual comenzó, familiar y reconfortante. «¡Mexicanas! ¡Mexicanos!», su voz resonó sobre la plaza. «¡Viva la Independencia Nacional!». «¡VIVA!», respondió el Zócalo, un monstruo de cien mil gargantas. «¡Viva Miguel Hidalgo y Costilla!». «¡VIVA!». La cadencia era perfecta, un pulso compartido. Elena, como todos, gritaba las respuestas de memoria, un eco aprendido desde la infancia.

Y entonces, llegó el momento que fracturó el ritual.

«¡Viva Josefa Ortiz Téllez Girón!».

Por una fracción de segundo, el sonido de la nación se alteró. Elena sintió una micro-pausa en el rugido colectivo, una onda de vacilación que recorrió la plaza. Fue un silencio casi imperceptible, la duración de un parpadeo, el tiempo suficiente para que cien mil cerebros procesaran la anomalía. El nombre esperado, el que está grabado en los libros de texto y en la memoria popular, era «Ortiz de Domínguez». Lo que recibieron fue un nombre completo, despojado de su anexo marital. La disonancia fue instantánea. No fue solo un cambio de palabra; fue una alteración en la música del mito fundacional de México. El ritmo esperado se rompió, y en esa ruptura, la Presidenta obligó a toda una nación a dejar de recitar y empezar a escuchar. El grito de «¡VIVA!» que siguió a esa breve pausa fue atronador, pero ya no era automático. Era un grito consciente, cargado de la repentina comprensión de que algo fundamental acababa de cambiar en el relato que México se cuenta a sí mismo.

Capítulo 2: La Mujer Detrás del «De»

Para entender la magnitud de esas tres palabras —Téllez Girón— hay que desmantelar el monumento de bronce y encontrar a la mujer de carne y hueso que habitaba detrás del título de «La Corregidora». La historia oficial, esa que Sheinbaum acusaría más tarde de tener una «visión muy masculina y machista» , la había reducido a un taconazo en el suelo; el acto de una esposa leal que alerta a los conspiradores porque su marido, el Corregidor Miguel Domínguez, la ha encerrado para protegerla.11 Una heroína, sí, pero una heroína doméstica, cuya acción más célebre se enmarca en su rol de cónyuge.

La realidad, contenida en los archivos y en las crónicas de la época, es la de una operadora política mucho más radical y comprometida que su propio esposo. María Josefa Crescencia Ortiz Téllez-Girón, nacida criolla en 1768, sentía en carne propia el desdén de los españoles peninsulares.11 Fue ella quien, imbuida en las ideas de la Ilustración, convenció a su más cauteloso marido de convertir su casa en Querétaro en el centro neurálgico de la conspiración.

Pero su verdadero carácter se forjó en el fuego posterior a aquel famoso aviso. Mientras Miguel Domínguez flaqueaba, temeroso de las represalias, Josefa se mantuvo inquebrantable. Fue encarcelada no una, sino varias veces. Los documentos de su proceso la describen no como una simple cómplice, sino como una de las «principales incitadoras» del movimiento. Un fiscal realista, en una comunicación al Virrey Calleja, la llegó a calificar despectivamente como una «Ana Bolena», una mujer peligrosa que con sus intrigas amenazaba la estabilidad del reino. Fue juzgada, condenada y pasó años en prisión, primero en un convento y luego en otro, siempre desafiante, siempre conspirando, enviando cartas y dinero a la insurgencia desde su cautiverio.

La adopción generalizada del apellido «de Domínguez» no fue, por tanto, un mero formalismo social de la época. Fue un acto de contención histórica. Al atarla lingüísticamente a su marido, un funcionario del régimen al que ella buscaba derrocar, la historia patriarcal neutralizó su radicalismo. La despojaron de su propia agencia revolucionaria para convertirla en un apéndice de un hombre. Dejó de ser «Josefa, la conspiradora» para convertirse en «la esposa del Corregidor». Su rebelión fue domesticada, anexada a la identidad de su marido. Lo que hizo Claudia Sheinbaum en el balcón presidencial no fue una simple corrección histórica; fue un acto de des-anexión. Fue la devolución de una heroína a su propio legado, liberándola, doscientos años después, del hombre que la historia usó para definirla y, sobre todo, para confinarla.

Capítulo 3: Una Partícula de Posesión: La Gramática del Patriarcado

«Nunca fue la ley, pero era la regla. Y en México, a veces la regla pesa más que la ley».

La voz de Javier Mendoza, de 70 años, es suave, pero sus palabras tienen el peso de medio siglo de servicio. Desde su pequeña oficina en el registro civil de Querétaro, ha sido testigo de la evolución de una de las construcciones sociales más poderosas y sutiles del patriarcado mexicano: el «apellido de casada».

Lo que el licenciado Mendoza ha visto en miles de actas de matrimonio y nacimiento es la confirmación de una verdad jurídica y social: la preposición «de» nunca fue una obligación legal en México.14 El Código Civil no obligaba a ninguna mujer a adoptar el apellido de su marido. Sin embargo, como demuestra un análisis de la legislación histórica, la ley tampoco lo prohibía, creando un vacío que fue llenado por una costumbre social abrumadora.15

Esta costumbre, heredada de una tradición hispánica, se convirtió en el siglo XX en la norma casi universal.16 La partícula «de» no era decorativa; era una marca de propiedad. Simbolizaba la transición de una mujer de la tutela de su padre a la de su esposo. «Pasabas de ser hija de a esposa de», como lo resumiría la propia Presidenta Sheinbaum.9

Mendoza recuerda a las mujeres de los años 70 que insistían en que se añadiera el «de» en sus documentos no oficiales, pues confería estatus y respetabilidad. Era la señal de ser una «señora», una mujer casada. Pero también recuerda a las jóvenes de hoy, que lo miran con extrañeza cuando les explica la vieja costumbre. «¿Como que ‘de’ alguien? ¿Por qué querría yo eso?», le preguntó una novia hace poco.

El poder de esta costumbre residía precisamente en su ambigüedad legal. Al no ser una ley, era difícil de combatir en un tribunal. Se presentaba como una «elección personal», una tradición romántica, ocultando la inmensa presión social que la sustentaba. Este limbo jurídico sirvió perfectamente a la estructura patriarcal, manteniendo un sistema de posesión simbólica sin la necesidad de una legislación explícita que pudiera ser impugnada. El patriarcado no necesitó una ley porque tenía algo más fuerte: una gramática de la posesión aceptada por la sociedad.

Por eso, el gesto de Sheinbaum fue tan potente. No estaba rompiendo una ley, porque no había ley que romper. Estaba utilizando la máxima plataforma simbólica del Estado para romper una costumbre que se había disfrazado de ley durante generaciones. Estaba exponiendo el andamiaje de esa construcción social y, desde la más alta autoridad, declarándola obsoleta.

Capítulo 4: «No Somos de Nadie»: El Manifiesto desde el Balcón

La decisión no fue un impulso de último momento. Según «Sofía», una asesora cercana al círculo presidencial que aceptó hablar bajo condición de anonimato, la modificación de la arenga fue discutida durante semanas. «No se trataba de un capricho», afirma. «Se trataba de definir un sexenio en un solo Grito. La Presidenta sabía que este era su primer gran acto simbólico y quería que el mensaje fuera inequívoco».

El núcleo de la decisión era profundamente personal y, a la vez, eminentemente político. En las conferencias de prensa posteriores, la propia Presidenta Sheinbaum desvelaría la raíz de su convicción. «¿Por qué no de Domínguez?», se preguntó retóricamente ante los periodistas. «Pues porque las mujeres no somos de nadie».9 La frase era directa, un dardo al corazón de la costumbre.

Luego, añadió la anécdota que revelaba la génesis personal de su manifiesto político: recordar cómo su propia madre, una científica, firmaba documentos como «de Sheinbaum». «Yo me lo pregunté desde que era niña», confesó, «me preguntaba por qué mi mamá firma de Sheinbaum, ¿no?, ¿por qué no firma con sus apellidos?».9 Era una duda infantil que, décadas después, se convertiría en política de Estado desde el balcón presidencial.

Según «Sofía», el debate interno no era sobre si hacer un gesto feminista, sino sobre cuál. La idea de reivindicar a las heroínas olvidadas fue central desde el principio. Se elaboraron listas. Nombres como Gertrudis Bocanegra, la estratega fusilada por negarse a delatar a sus compañeros, y Manuela Medina, la indígena que llegó a ser capitana en el ejército de Morelos, fueron seleccionados para ser gritados por primera vez ante la nación, sacándolos de las notas a pie de página de la historia.2

Pero el caso de Josefa Ortiz era el eje central. Eliminar el «de Domínguez» era la declaración más potente. Era una intervención directa en el mito más conocido. El acto se alineaba perfectamente con el discurso que ha definido la carrera política de Sheinbaum: «Es tiempo de mujeres».19 Se conectaba con las políticas de su gobierno, como la creación de una Secretaría de las Mujeres y la elevación a rango constitucional de la igualdad sustantiva y el derecho a una vida libre de violencia.6

El Grito de Independencia es el ritual anual en el que el Estado mexicano se representa a sí mismo, reafirmando su identidad. Al centrar esta ceremonia en una declaración feminista, Sheinbaum no solo estaba corrigiendo la historia. Estaba intentando refundar la identidad nacional. El relato tradicional de la patria se construyó sobre figuras masculinas: el «Padre de la Patria», los caudillos, los generales. El Grito del 15 de septiembre de 2025 propuso una narrativa paralela y fundacional: la identidad de México también nace de la resistencia de las mujeres a ser propiedad de alguien. El mensaje era claro: ser mexicano en el siglo XXI implica entender y proclamar que «las mujeres no somos de nadie».

Capítulo 5: El Eco y la Furia: Un País en Debate

La onda expansiva del Grito se propagó de inmediato por el fracturado paisaje mediático y social de México. Para la Colectiva «Siemprevivas», un grupo de activistas feministas, la declaración de Sheinbaum fue «una bocanada de aire fresco en una habitación cerrada por siglos». En su sede en la colonia Roma, vieron la transmisión con una mezcla de júbilo y escepticismo. «Fue un momento increíblemente poderoso», admite una de sus integrantes. «Ver a la máxima autoridad del país validar una de nuestras luchas centrales… fue una victoria simbólica innegable».2

En la otra trinchera, la reacción fue de desconcierto y crítica. Marco Gutiérrez, un columnista de un diario de línea conservadora, lo calificó en su columna semanal como «un acto de revisionismo innecesario que politiza la historia para servir a una agenda ideológica». La confusión se hizo evidente en las ceremonias de otros municipios, donde algunos funcionarios, tomados por sorpresa, tropezaron cómicamente al nombrar a los héroes, con un alcalde llegando a gritar «¡Viva Josefa Ortiz de Pinedo!», en referencia a un comediante, un lapsus que se volvió viral y que para muchos simbolizó el divorcio entre la élite política y la historia que pretenden honrar.

Analistas políticas como Denise Dresser, aunque no comentaron directamente sobre este acto específico, han construido una línea de crítica que pone en tela de juicio la autonomía de Sheinbaum respecto a su predecesor, sugiriendo que tales gestos podrían ser vistos como parte de una estrategia para consolidar un proyecto político hegemónico, más que como un acto de convicción feminista puramente independiente.

La prensa internacional, en cambio, no tuvo dudas en calificar el momento como histórico, un gesto audaz de la primera presidenta de México que resonaba en un mundo en pleno debate sobre feminismo y revisionismo histórico.

Lo que este crisol de reacciones revela es algo más profundo que un simple debate sobre un apellido. Las críticas que apelan a la «tradición» y a la «historia» no son, en su mayoría, argumentos historiográficos. Son una estrategia política. La «tradición» de llamar a Josefa «de Domínguez» fue, como se ha visto, una construcción política para domesticar su figura. La «tradición» del Grito mismo ha sido modificada por innumerables presidentes para ajustarse a sus propias narrativas políticas.26 Por lo tanto, el llamado a la «tradición» por parte de los sectores conservadores es un escudo. Es el uso de un pasado idealizado para defender el statu quo patriarcal del presente. La furia no se debe a una supuesta imprecisión histórica; se debe a la resistencia a aceptar la reinterpretación feminista de la identidad nacional que la Presidenta Sheinbaum ha puesto en el centro del escenario. La batalla no es sobre el pasado, sino sobre dos visiones de futuro para México que se disputan en el campo de la memoria.

Capítulo 6: La Doble Declaración: ¿Independencia de Quién?

Más allá del debate público, en los círculos políticos y entre los analistas más agudos, el Grito de Sheinbaum comenzó a ser decodificado en una segunda clave, una mucho más sutil pero potencialmente más trascendente para el futuro inmediato del poder en México. La frase «Las mujeres no somos de nadie» resonó no solo como una declaración de independencia de género, sino como una calculada declaración de independencia política.

Durante años, la carrera de Claudia Sheinbaum se desarrolló bajo la sombra de su mentor y predecesor, Andrés Manuel López Obrador. Críticos como Denise Dresser habían señalado la «persistencia de la influencia de López Obrador en el gobierno de Claudia Sheinbaum» , llegando incluso a afirmar en el pasado que «Sheinbaum no es nadie sin AMLO», una frase por la que luego se disculpó, reconociéndola como violencia política de género. Esta percepción de tutelaje era una narrativa persistente que la nueva presidenta necesitaba desmantelar.

El Grito fue su primera gran oportunidad. Como señaló un medio internacional, hasta ese momento, Sheinbaum no podía presumir de «haberle soltado la mano al líder que la designó su heredera».1 Esa noche, en el acto más simbólico del poder presidencial, todo cambió. Un analista lo describió con una metáfora contundente: «Ya no usó banda presidencial ajena. Usó una a su medida».

Este mensaje de autonomía no era solo retórico. Se sustentaba en acciones concretas que ya se gestaban tras bambalinas. Fuentes internas del partido gobernante apuntan a crecientes tensiones con el llamado «viejo guardia» del obradorismo. Un caso emblemático es el del exconsejero jurídico de la presidencia, Julio Scherer Ibarra, una figura central en el sexenio anterior. Según analistas, Scherer buscaba reincorporarse al círculo de poder, pero se encontró con una presidenta que le exigió «limpiar su nombre» primero, en una clara señal de distanciamiento.36 Más aún, se reporta que Sheinbaum se enteró de que Scherer estaba «usando su nombre» para promover candidatos afines en el poder judicial y actuó para bloquear a muchos de ellos.

Así, el «no somos de nadie» adquirió una doble dimensión. Para la nación, fue una reivindicación histórica de las mujeres. Para la clase política, y en especial para el círculo de su predecesor, fue un aviso inequívoco: la lealtad al proyecto no significaba sumisión a las personas. Era una declaración de que la silla presidencial no tenía dueño, ni pasado ni presente. Era, en esencia, su propio grito de independencia.

Capítulo 7: Entre el Símbolo y la Sangre: La Deuda Pendiente

Isabel García vio el video del Grito en el teléfono de una vecina, sentada en el borde de la banqueta de una calle sin pavimentar en Ecatepec, Estado de México. Escuchó la voz firme de la Presidenta resonar desde el pequeño altavoz: «¡Las mujeres no somos de nadie!». Asintió lentamente. Luego, guardó el teléfono, tomó un rollo de cinta adhesiva y un fajo de volantes, y se levantó para seguir pegando la cara sonriente de su hija, Sofía, en los postes de luz. Sofía, 17 años. Desaparecida hace dos.

Esta es la verdad incómoda que ningún discurso puede borrar. La distancia insalvable entre el símbolo y la sangre.

Mientras desde el Palacio Nacional se declaraba la autonomía simbólica de las mujeres, en las calles, en los hogares y en los terrenos baldíos de México, la realidad seguía escribiéndose con una violencia brutal. Las estadísticas son un grito sordo que ahoga cualquier celebración. En México, se registran cerca de 800 feminicidios al año, aunque muchas cifras sugieren un subregistro masivo. Más del 70% de las mujeres mayores de 15 años han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida.29 Y la impunidad es la norma: se estima que más del 90% de los feminicidios quedan sin resolver, con autoridades que a menudo ignoran, descartan o reclasifican los asesinatos por motivos de género.

Para activistas y madres de víctimas como Isabel, los gestos simbólicos, aunque bienvenidos, saben a poco. La crítica feminista en México ha señalado consistentemente la brecha entre el discurso gubernamental y la falta de una respuesta institucional efectiva y contundente contra la violencia. «Qué bueno que la Presidenta diga eso», murmura Isabel mientras alisa el rostro de su hija sobre un poste. «Pero esas palabras no la van a traer de vuelta. Esas palabras no meten a la cárcel al que se la llevó».

Aquí reside la contradicción más dolorosa del Estado mexicano. El 15 de septiembre, la jefa de ese Estado proclamó la libertad y la dignidad de las mujeres. Pero todos los días, el aparato de ese mismo Estado —policías que no investigan, fiscales que revictimizan, jueces que liberan a los agresores— perpetúa la violencia a través de su inacción y, en ocasiones, de su complicidad. Las mujeres mexicanas viven en una realidad esquizofrénica: el Estado, en su forma simbólica, las declara soberanas, mientras que el Estado, en su forma práctica, es a menudo un cómplice pasivo de su subyugación y muerte.

La verdad más incómoda no es el contraste entre un discurso y la realidad violenta. Es la contradicción que habita en el corazón mismo del poder. El Grito de Claudia Sheinbaum fue una promesa hecha por una cara del Estado. Mujeres como Isabel García luchan cada día contra la otra cara.

Capítulo 8: La Historia Reescrita

Semanas después del Grito, en su cubículo de la Facultad de Filosofía y Letras, la doctora Elena Ramírez contempla la pantalla de su computadora. En un lado, el video de Sheinbaum en el balcón. En el otro, las últimas cifras de feminicidios publicadas por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. El símbolo y la sangre, lado a lado.

No hay una conclusión sencilla. Negar la importancia de lo ocurrido el 15 de septiembre de 2025 sería un acto de miopía histórica. Por primera vez, la máxima autoridad del país utilizó la ceremonia más sagrada de la nación para desafiar una estructura patriarcal de siglos, para reescribir una línea del relato nacional y para alinear la identidad de México con una declaración de independencia femenina.2 Fue un acto de pedagogía nacional masiva, un momento en que la historia oficial fue enmendada en tiempo real.

Pero celebrar el gesto como una victoria final sería un acto de cinismo imperdonable frente a la realidad que viven millones de mujeres como Isabel García. Las palabras, por potentes que sean, no detienen las balas ni encuentran a las desaparecidas.

Quizás la mejor manera de entender el Grito de Claudia Sheinbaum no es como un punto de llegada, sino como el disparo de salida. Fue una declaración de intenciones, una promesa. Fue la reescritura del primer párrafo de un nuevo capítulo para México. Un capítulo en el que, oficialmente, «las mujeres no somos de nadie».

El verdadero peso de esas palabras no se medirá en los libros de historia del futuro, sino en las estadísticas de feminicidios de los próximos años. Se medirá en la confianza que mujeres como Isabel puedan, o no, depositar en las instituciones. Se medirá en la distancia que el país logre cerrar entre el México que se proclama desde el balcón y el México que sangra en las calles.

La pregunta que resuena después del eco de los «Vivas» no es si la historia fue cambiada esa noche. La historia, claramente, lo fue. La pregunta es si la realidad la seguirá. ¿Fue este el día en que México declaró una nueva y más profunda independencia, o fue simplemente un nuevo y elocuente verso en una vieja y trágica canción de lucha? La respuesta aún no está escrita.

Katy Armenta
Katy Armenta
Soy Ingeniera en Sistemas, madre, empresaria y mentora, con más de 30 años de experiencia en los medios de comunicación. A lo largo de mi trayectoria he dirigido equipos editoriales, de ventas, marketing y producción audiovisual, liderando proyectos estratégicos que han impulsado el crecimiento de audiencias y la generación de nuevos modelos de negocio en entornos digitales. Soy experta en SEO, marketing digital y desarrollo de audiencias online, con una sólida experiencia en la gestión de sitios web y en la creación de canales de ingresos a través de estrategias de venta directa y redes programáticas. Me apasiona diseñar procesos eficientes, acompañar a los equipos en el logro de sus metas y transformar los desafíos en oportunidades de crecimiento. Como mujer líder creo firmemente en el poder transformador del liderazgo femenino, en la resiliencia y en el valor como cualidades que nos permiten trascender y abrir camino a nuevas generaciones. Además, encuentro en el desarrollo personal y la lectura dos motores constantes que inspiran mi labor profesional y mi vida diaria. Mi propósito es seguir contribuyendo a la evolución de los medios y negocios digitales, generando impacto positivo en las personas, las empresas y la sociedad
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