El fenómeno El Niño es uno de los eventos climáticos más importantes del planeta y sus efectos van mucho más allá de modificar las temperaturas del océano Pacífico. Cuando aparece, altera los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones del mundo, creando las condiciones ideales para que los incendios forestales sean más frecuentes, intensos y difíciles de controlar.
Este fenómeno climático ocurre cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial presentan un calentamiento superior al promedio durante varios meses. Esa variación modifica la circulación atmosférica global y cambia el comportamiento habitual de las lluvias, la humedad y los vientos en numerosos países.
Como resultado del fenómeno, diversas regiones experimentan sequías prolongadas, temperaturas elevadas y una importante reducción de las precipitaciones, factores que incrementan considerablemente el riesgo de incendios forestales.
¿Cómo el fenómeno El Niño favorece los incendios forestales?
Uno de los principales efectos de El Niño es el déficit de precipitaciones. Al desplazarse los sistemas de lluvia hacia otras zonas, regiones como el Sudeste Asiático, el norte de Sudamérica y partes de Australia reciben mucha menos agua de lo habitual durante varios meses.
La ausencia de lluvias provoca que árboles, arbustos y pastizales pierdan gran parte de la humedad que almacenan. Esta vegetación seca se convierte en combustible altamente inflamable, por lo que cualquier chispa, ya sea natural o causada por actividades humanas, puede originar un incendio de rápida propagación.
A este escenario se suman las temperaturas más altas asociadas al fenómeno. El calor acelera la evaporación del agua presente en el suelo y en las plantas, aumentando el estrés hídrico y reduciendo todavía más la humedad disponible en los ecosistemas.
En algunas regiones también cambian los patrones locales de viento. Las ráfagas pueden alimentar las llamas, transportar brasas a grandes distancias y dificultar las labores de combate, permitiendo que los incendios se expandan en poco tiempo.
Otro factor importante es la acumulación de biomasa seca. Cuando muchas plantas mueren debido a la falta de agua y al calor extremo, queda una capa de hojas, ramas y vegetación muerta sobre el suelo. Ese material funciona como combustible adicional, favoreciendo incendios más intensos y prolongados.
Regiones donde el riesgo es mayor
Los efectos de El Niño no son iguales en todo el planeta. Algunas zonas presentan una vulnerabilidad mucho mayor debido a la combinación de sequías, calor y ecosistemas altamente sensibles al fuego.
En el Sudeste Asiático, especialmente en Indonesia, las temporadas secas favorecen incendios de gran magnitud en las turberas. Estos ecosistemas almacenan enormes cantidades de carbono y, cuando arden, liberan grandes emisiones de gases de efecto invernadero y generan contaminación que puede extenderse a países vecinos.
Australia también suele enfrentar temporadas de incendios más severas durante algunos episodios de El Niño. Las altas temperaturas y la escasez de lluvia incrementan el riesgo de los conocidos bushfires, capaces de afectar millones de hectáreas y poner en peligro comunidades enteras.
En la Amazonía y parte de Centroamérica, la disminución de las lluvias favorece el secado de la vegetación. Esto facilita que el fuego avance sobre áreas boscosas que normalmente mantienen altos niveles de humedad, aumentando la fragmentación de los ecosistemas.
Aunque El Niño incrementa el riesgo, no significa que los incendios sean inevitables. La mayoría requiere una fuente de ignición, como descargas eléctricas o actividades humanas. Sin embargo, cuando coinciden combustibles secos, calor intenso y viento, cualquier incendio puede crecer rápidamente.
Por ello, especialistas insisten en fortalecer la vigilancia forestal, reducir las quemas agrícolas sin control, proteger los ecosistemas y mejorar los sistemas de alerta temprana. Comprender cómo funciona el fenómeno El Niño permite anticipar riesgos, planificar acciones preventivas y disminuir el impacto de incendios que afectan la biodiversidad, la calidad del aire, el clima y la seguridad de millones de personas.


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