Guillermo Monroy falleció este día en su casa de Cuernavaca a los 102 años, cerrando una vida extensa que atravesó casi todo el siglo XX y parte del XXI, marcada por el arte, la reflexión y una constante revisión del oficio pictórico como una forma de entender el mundo y narrarlo desde la experiencia personal.
Nacido en Tlalpujahua en 1924, Guillermo Monroy fue parte de una generación que entendió la pintura no solo como técnica, sino como postura frente a la realidad, en un México que buscaba definirse culturalmente después de las grandes transformaciones sociales del país.
La noticia de su muerte fue confirmada por su hijo, el guitarrista Guillermo Diego Monroy, quien informó que el velatorio se realizaría en la funeraria Hispano Mexicana de Cuernavaca, ciudad donde el artista pasó sus últimos años rodeado de su obra y de un entorno que siempre consideró propicio para la creación.
Una vida marcada por Frida Kahlo y Los Fridos
Integrante del grupo conocido como Los Fridos, Guillermo Monroy formó parte del círculo de discípulos directos de Frida Kahlo, una experiencia que influyó profundamente en su manera de concebir la pintura, no como ornamento, sino como una extensión de la identidad y la biografía.
Para Guillermo Monroy, el aprendizaje junto a Kahlo significó asumir que la obra artística debía sostenerse en la honestidad, incluso cuando esa verdad resultara incómoda o dolorosa, una enseñanza que se reflejó en su trazo, en sus temas y en su constante diálogo con la memoria.
El grupo de Los Fridos se caracterizó por mantener una relación cercana con las raíces populares y con una visión crítica del entorno social, elementos que Guillermo Monroy incorporó a lo largo de su trayectoria sin perder una voz propia.
El tiempo, la memoria y la pintura
A lo largo de su carrera, Guillermo Monroy desarrolló una obra que dialogó con el paso del tiempo, la identidad individual y los procesos de formación de un artista, temas que consideraba inseparables del acto creativo y que fueron madurando con los años.
En entrevistas recientes, Guillermo Monroy había adelantado su deseo de publicar sus memorias, un proyecto que esperaba ver materializado en 2026, donde planeaba narrar cómo un artista se construye a partir de las decisiones, los errores y las circunstancias que atraviesan su vida.
Para él, escribir sobre sí mismo no era un ejercicio de vanidad, sino una forma de dejar testimonio de cómo se forma una mirada artística en contacto constante con la realidad social, política y cultural de su tiempo.
Reconocimientos y vigencia artística
Guillermo Monroy recibió hace dos años la Medalla Bellas Artes de Oro en Artes Visuales, un reconocimiento que llegó en la etapa final de su vida y que confirmó la vigencia de su obra dentro del panorama cultural mexicano.
En 2025, Guillermo Monroy participó en exposiciones dedicadas a Los Fridos tanto en la Casa de la Cultura Reyes Heroles como en la Cámara de Diputados, espacios donde su trabajo fue revisitado por nuevas generaciones interesadas en comprender los vínculos entre arte y biografía.
Estos homenajes permitieron observar cómo su obra dialogaba con el presente, demostrando que las preguntas que planteó a lo largo de su carrera siguen siendo relevantes dentro del debate cultural actual.
Los Fridos, una generación que resiste
De los cuatro integrantes originales de Los Fridos, actualmente sobrevive Arturo Güero Estrada, de 100 años, lo que convierte a Guillermo Monroy en una de las figuras más longevas de ese grupo que marcó una etapa particular del arte mexicano.
La desaparición de Guillermo Monroy representa también el cierre paulatino de una generación que entendió el arte como un compromiso ético, más allá del reconocimiento institucional o del mercado.
Su obra permanece como un archivo visual que permite rastrear las preocupaciones estéticas y humanas de un artista que nunca dejó de cuestionarse a sí mismo ni a su contexto.
Un legado que trasciende la pintura
Más allá de los lienzos y murales, Guillermo Monroy deja un legado pedagógico y reflexivo, visible en su manera de hablar sobre el arte como proceso y no solo como resultado final.
Para Guillermo Monroy, la pintura era una forma de diálogo constante con la experiencia personal, con la historia y con los afectos, una postura que defendió incluso en una época marcada por la aceleración y la superficialidad.
Su muerte cierra un capítulo importante del arte mexicano, pero abre también una oportunidad para revisar su obra con mayor profundidad y entender su lugar dentro de la historia cultural del país.


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