Evan Johnson arrestado, James Charles salpicado: la confesión de Kayla Malec en TikTok y las oscuras ganancias de la tragedia viral
La confesión de Malec, detallando el presunto abuso físico y verbal, se volvió un fenómeno viral. Hashtags como #JusticeForKayla inundaron TikTok y X, con miles de seguidores y otros creadores, como el músico Jacob Sartorius, mostrando su apoyo. Mientras Johnson publicaba mensajes contradictorios, admitiendo errore, pero acusando a Malec de exagerar, la narrativa pública se inclinaba masivamente a favor de ella.
Pero el escándalo no terminó ahí. El nombre del mega-influencer James Charles se vio envuelto cuando la TikToker Mikaela Testa afirmó que Charles mantenía relaciones íntimas con Johnson e incluso lo había acogido tras su arresto por agresión. La reacción fue brutal: Charles perdió aproximadamente 700,000 seguidores en TikTok en cuestión de días.
Charles se defendió, negando cualquier relación sexual, condenando las acciones de Johnson y afirmando haber intentado contactar a Malec para aclarar su postura. Este caso es un crudo reflejo de una era donde la búsqueda de justicia personal se entrelaza con la maquinaria de la viralidad. La confesión de Malec, sin duda genuina en su dolor, se convirtió en contenido de alto impacto.
Cada lágrima, cada actualización judicial, cada detalle del abuso se transformó en visualizaciones, comentarios y, en última instancia, en una narrativa consumible que, si bien pudo empoderar a la víctima, también alimentó el insaciable apetito del público por el drama.
Las plataformas digitales, con sus algoritmos diseñados para la maximización del engagement, se convierten en el escenario donde la tragedia personal puede generar, indirectamente, un retorno económico o, como mínimo, una explosión de visibilidad.
Más allá, el «efecto salpicadura» sobre James Charles subraya una nueva dimensión de la responsabilidad para los influencers. Ya no basta con no ser el agresor directo; la percepción de apoyo, complicidad pasiva o incluso una mala elección de compañías puede tener consecuencias reputacionales y financieras devastadoras.
La audiencia digital exige una coherencia ética que se extiende al círculo íntimo de sus ídolos, convirtiendo la gestión de relaciones personales en un activo (o pasivo) crítico para la marca de un influencer. La necesidad de tomar posturas claras y deslindarse de figuras tóxicas se vuelve imperativa, generando a su vez más contenido y debate.


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