El sistema de termorregulación del cuerpo mantiene la temperatura entre 35 y 37 ºC y envía señales para abrigarse o aumentar la ingesta calórica en climas fríos.
Su centro de control se encuentra en el hipotálamo, que detecta cambios de temperatura y activa mecanismos de compensación para conservar energía y mantener la eficiencia térmica.
La información llega al cerebro mediante termorreceptores en la piel, pero su funcionamiento varía entre individuos, lo que explica por qué algunas personas sienten más frío que otras.
La genética influye significativamente: la cantidad de grasa corporal, la densidad de la piel y otros factores hereditarios pueden ofrecer mayor protección frente al frío. Sin embargo, no todos los cuerpos reaccionan igual: una persona delgada no siempre será friolenta ni una con sobrepeso más cálida.
Emociones, estrés y percepción del frío
El estrés puede alterar la respuesta del cerebro al frío, mientras que la percepción de las temperaturas también tiene un componente subjetivo. Un estudio de 2014 evidenció el fenómeno de “contagio emocional”, donde ver a alguien sumergir su mano en agua fría provoca que la temperatura de las propias manos baje.
La temperatura corporal promedio también influye: mientras lo normal es entre 36 y 36.5 ºC, variaciones fuera de este rango pueden indicar una desregulación del sistema de termorregulación. De hecho, la temperatura media ha disminuido de 37 ºC a 36.5 ºC en los últimos 200 años.
Alteraciones extremas en la percepción del frío o calor pueden estar asociadas a trastornos patológicos, como el fenómeno de Raynaud, caracterizado por cambios de color en los dedos de manos y pies debido al frío o el estrés, resultado de una circulación sanguínea alterada en las extremidades.


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