En México, comprar una casa dejó de ser una meta alcanzable para millones de personas. Lo que durante décadas fue sinónimo de estabilidad y patrimonio hoy se percibe como un privilegio reservado para pocos. El país atraviesa un cambio silencioso, pero profundo, está dejando de ser una nación de propietarios para convertirse, cada vez más, en un país de inquilinos.
Más de 40% de los mexicanos no tiene vivienda propia y casi la mitad considera que los precios actuales hacen imposible comprar una casa. El impacto es mayor entre jóvenes, quienes enfrentan salarios limitados, créditos insuficientes y un mercado inmobiliario que no está diseñado para ellos.
De propietarios a inquilinos
La vivienda en México ya no se distribuye de forma equitativa. Mientras la mayoría de las personas mayores de 45 años concentra la propiedad de casas totalmente pagadas, entre millennials y generación Z la renta se ha convertido en la norma.
Hoy, solo cuatro de cada diez mexicanos viven en una casa ya liquidada. El resto renta o sigue pagando un crédito hipotecario. Esta tendencia marca un quiebre en la cultura del ahorro y del patrimonio familiar, y redefine la idea de estabilidad económica.
En grandes ciudades como la Ciudad de México, uno de cada tres habitantes vive en departamentos, reflejo de la verticalización acelerada del mercado y de la concentración de la vivienda en zonas urbanas con precios elevados.
Jóvenes quieren casa, pero no pueden pagarla
Contrario a la narrativa de que los jóvenes “ya no quieren compromisos”, la realidad es distinta. Ocho de cada diez personas que hoy rentan o viven en una casa prestada desean comprar una vivienda. El problema no es la falta de interés, sino la falta de opciones reales.
El Infonavit sigue siendo la principal vía de financiamiento, seguido de los créditos bancarios. Sin embargo, los montos disponibles no alcanzan para cubrir los precios actuales del mercado, especialmente en zonas urbanas donde se concentran las oportunidades laborales.
A esto se suma el tema económico, pues cuatro de cada diez mexicanos reconocen que su ingreso no alcanza para cubrir lo básico y tres de cada diez viven al día. Más de la mitad ha dejado de ahorrar o ahorra menos que antes, lo que reduce aún más la posibilidad de enganchar una casa.
Comprar casa toma casi 10 años más que antes
Hace dos décadas, los adultos jóvenes lograban comprar su primera vivienda entre los 27 y 28 años. Hoy, ese momento llega en promedio a los 35 años. El retraso no responde a una decisión personal, sino a un mercado que se volvió inaccesible.
El encarecimiento de materiales, la inflación y la escasez de oferta dispararon los precios por metro cuadrado. En ciudades como Monterrey y Guadalajara, los costos de construcción se elevaron más de 50% en pocos años. Aunque la Ciudad de México tuvo aumentos más moderados, la oferta no creció al ritmo de la demanda.
El resultado es un mercado desbalanceado: la mitad de la vivienda vertical disponible pertenece a segmentos residencial plus y premium, dirigidos a un porcentaje mínimo de la población.
Mucha demanda, poca vivienda adecuada
El problema no es solo el precio. Los desarrolladores dejaron de construir el tipo de vivienda que los jóvenes necesitan. Los diseños siguen pensados para modelos familiares de hace 20 años y no consideran nuevas dinámicas como el trabajo remoto, hogares unipersonales o espacios para mascotas.
Esto genera una paradoja: la demanda existe, pero no encuentra producto. Los jóvenes terminan comprando lo que hay, no lo que necesitan, o simplemente desisten y optan por rentar de forma indefinida.
Además, las restricciones urbanas limitan la densidad y encarecen los proyectos. En muchas zonas, no se permite construir viviendas más pequeñas o en mayor número, lo que impediría bajar costos y ampliar la oferta.

Rentar ya no es “tirar el dinero”
Ante este escenario, la renta dejó de verse como una opción temporal. Para muchos jóvenes, se convirtió en una decisión racional frente a créditos a 20 años y precios fuera de alcance. La movilidad laboral y la búsqueda de mejores oportunidades también influyen en esta elección.
El mercado comienza a adaptarse lentamente con nuevos modelos: renta institucional, vivienda compartida, análisis de crédito alternativo y plataformas digitales que simplifican procesos. Sin embargo, estos cambios aún no alcanzan a cubrir la magnitud del problema.
Programas públicos y salarios
El aumento al salario mínimo representa un alivio parcial, pero no resuelve el acceso a la vivienda. Incluso con los incrementos recientes, el ingreso mensual promedio sigue lejos de lo necesario para adquirir una casa en zonas urbanas.
Los programas de vivienda del Bienestar y esquemas dirigidos a jóvenes ayudan, pero la demanda supera por mucho la oferta disponible. A esto se suma el aumento constante en el costo de vida, que absorbe cualquier mejora salarial.
México enfrenta un reto urgente. Millones de jóvenes están en edad de formar patrimonio, pero el sistema no les ofrece opciones viables. No se trata solo de construir más casas, sino de hacerlas accesibles, bien ubicadas y acordes a la realidad actual.
Las nuevas generaciones no renunciaron al sueño de la casa propia. El problema es que ese sueño se volvió cada vez más lejano.


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