La operación del Cártel de Sinaloa para infiltrar el C5 y asesinar a informantes del FBI no fue un simple hackeo, sino una sofisticada convergencia de espionaje digital y vigilancia física que expone las nuevas tácticas del crimen organizado en la era tecnológica.
El ataque del Cártel de Sinaloa contra el FBI en la Ciudad de México en 2018 fue una clase magistral de cómo las amenazas cibernéticas se traducen en violencia en el mundo real. Un informe del Departamento de Justicia de EE.UU. ha permitido reconstruir el modus operandi de una operación que demostró la capacidad del narco para fusionar el ciberespacio con las calles.
La genialidad y el terror del ataque residen en su perfecta integración de la intrusión digital con la vigilancia física, un modelo que define las operaciones criminales de inteligencia del siglo XXI.
Paso 1: El ataque digital, el punto de entrada
La operación no comenzó en las calles, sino en el mundo digital. Según el informe, el hacker contratado por el cártel, quien ofrecía un «menú de servicios» de espionaje, logró obtener el número de teléfono móvil de un agregado legal adjunto del FBI.
Una vez con el número, el hacker explotó vulnerabilidades para acceder a información crítica del dispositivo:
- Registros de llamadas: Pudo determinar con quién hablaba el agente, obteniendo una lista de potenciales contactos y fuentes.
- Datos de geolocalización: Rastreó la ubicación del teléfono, lo que le permitió saber dónde se encontraba el agente en diferentes momentos.
Este primer paso le dio al cártel el «qué» y el «quién»: qué números eran de interés y quiénes eran las personas detrás de ellos.
Paso 2: La vigilancia física a través de ojos digitales
Con la inteligencia digital en mano, el cártel pasó a la segunda fase: la vigilancia física, pero sin necesidad de poner a un solo hombre en la calle. Aquí es donde entra el hackeo al sistema C5.
El hacker utilizó su acceso a la red de cámaras de vigilancia de la Ciudad de México para correlacionar los datos del teléfono con imágenes reales. Si los datos de geolocalización indicaban que el agente estaba en un café a una hora específica, el hacker podía apuntar las cámaras del C5 a esa ubicación para ver con quién se estaba reuniendo, poniendo así un rostro a los números de teléfono de la lista de contactos.
«El hacker también usó el sistema de cámaras de la Ciudad de México para seguir al ALAT [Agregado Legal Adjunto] por la ciudad e identificar a las personas con las que se reunía». – Informe del Inspector General del Departamento de Justicia de EE.UU..
Paso 3: La acción cinética, del dato a la muerte
La fase final fue la ejecución. Con las fuentes y testigos identificados y localizados gracias a la combinación del espionaje telefónico y la vigilancia del C5, el cártel procedió a la «acción cinética».
El informe del Departamento de Justicia es claro: «el cártel utilizó esa información para intimidar y, en algunos casos, matar a posibles fuentes o testigos colaboradores».
Este caso ha encendido las alarmas en el más alto nivel del FBI, que ahora está revisando sus protocolos para enfrentar la amenaza de la «vigilancia técnica ubicua». Lo ocurrido en 2018 en la Ciudad de México es la prueba de que una filtración de datos ya no solo significa el robo de información, sino que puede ser el primer paso para habilitar una acción violenta y mortal en el mundo físico.


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