La expresión fosa clandestina abre esta historia marcada por el dolor, la incertidumbre y una esperanza que resiste incluso después de seis años. Todo comenzó cuando integrantes del colectivo Amor por los Desaparecidos se internaron en el ejido El Porvenir, en Reynosa, Tamaulipas, un territorio donde las búsquedas se realizan más con el corazón que con las herramientas. Entre la maleza, la tierra removida y el silencio que carga historias que nadie quiere contar, encontraron una osamenta junto a varias prendas de mujer.
Ese hallazgo, como ocurre tantas veces en México, no fue producto de una operación masiva del Estado, sino del esfuerzo incansable de familias que se niegan a dejar morir la memoria de los suyos. Y fue ahí donde el destino volvió a girar: la hermana de Lucía Guadalupe Ávalos Torres, desaparecida en 2019, reconoció cada prenda como si el tiempo no hubiera pasado. La blusa verde turquesa, el pantalón negro palazzo, las zapatillas con estampado tipo víbora. Todas.
La fosa clandestina que devolvió una pista inesperada
A mitad de esta historia, la fosa clandestina se vuelve protagonista, no solo como un hueco en la tierra sino como símbolo del agujero que la violencia ha dejado en miles de familias mexicanas.
Tras el hallazgo, el colectivo notificó a la Fiscalía General de Justicia de Tamaulipas, que ahora deberá realizar la recuperación formal de los restos y analizar los indicios con protocolos antropológicos, genéticos y criminológicos.
Los especialistas determinarán si la osamenta coincide con Lucía, cuánto tiempo estuvo en ese punto y las posibles causas de la muerte. Aunque los colectivos ya saben que este proceso puede tardar meses, incluso años, la sola posibilidad de tener un nombre para esos huesos abre un capítulo que podría traer respuestas.
Un caso que se suma a un mapa que crece
Reynosa y sus alrededores han sido señalados como zonas de alta incidencia en desapariciones. No es la primera vez que una familia reconoce prendas mucho antes que las autoridades entreguen un dictamen. Y aquí radica parte del drama: las madres, hermanas e hijas se vuelven investigadoras, peritas improvisadas, rastreadoras empíricas… y sobre todo una fuerza que no se detiene.
Junto a la osamenta también se halló un body verde de manga larga, talla S, marca Haute Monde, y un pantalón negro de gabardina, talla 1, marca June & Hudson. La familiar que acudió al sitio lo confirmó sin dudar. El golpe emocional fue devastador, pero también revelador:
“Esa era la ropa de Lucía”.
Un país que busca entre la tierra
Las fosas se han convertido en una herida abierta en México. Lugares que deberían ser campos, caminos o espacios de cultivo ahora son cementerios sin nombre. Y en esa realidad, los colectivos no abandonan sus recorridos, repitiendo el mismo ritual: caminar, buscar, remover, esperar.
El caso de Lucía no es aislado, pero sí profundamente humano. Su familia lleva seis años de búsqueda. Seis años sosteniendo una ausencia que no deja de doler. Seis años esperando una llamada como esta.
Una fosa clandestina que no apagará la búsqueda
La palabra fosa clandestina cierra este relato como lo empezó: cargada de verdad, de duelo y de resistencia. Aunque la identificación oficial sigue pendiente, la familia de Lucía no se detendrá. Las autoridades continuarán las pruebas forenses, pero el colectivo regresará al campo, porque si algo han demostrado estas mujeres y hombres es que no buscan solo cuerpos; buscan justicia, memoria y dignidad.
Mientras tanto, Tamaulipas sigue escribiendo historias que nadie quiere contar, pero que deben ser contadas. Porque cada hallazgo, cada prenda y cada osamenta recuerdan que México aún tiene mucho por encontrar, y mucho más por sanar.


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