La expresión baby cárteles comienza a resonar en los análisis de seguridad en América Latina. Tras la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), especialistas colombianos advierten que el crimen organizado podría entrar en una nueva etapa marcada por organizaciones más pequeñas, flexibles y descentralizadas.
La escena recuerda a otros momentos históricos del narcotráfico. Cuando un capo poderoso cae, el vacío que deja no desaparece. Por el contrario, abre la puerta a nuevas estructuras criminales que aprenden de las anteriores y se adaptan rápidamente.
Ese fenómeno, dicen analistas consultados en Colombia, podría repetirse ahora en México con la aparición de los llamados baby cárteles, agrupaciones más pequeñas que operan en red y que compiten o colaboran entre sí para mantener el control de actividades ilícitas.
El modelo criminal que podría surgir tras la caída del CJNG
Especialistas en seguridad explican que la muerte del Mencho podría desencadenar una dispersión dentro del CJNG. Sin un liderazgo único, distintas facciones podrían intentar ocupar espacios de poder dentro de la organización.
El general Jairo Delgado, exdirector de Inteligencia de la Policía Nacional de Colombia, señala que cuando un líder criminal de gran peso es neutralizado, el resultado habitual es la fragmentación de la estructura que construyó.
En ese proceso, las organizaciones suelen dividirse en células más pequeñas que conservan parte de la experiencia, las redes y los recursos del grupo original.
Ese tipo de transformación no significa el fin del crimen organizado. Más bien implica su evolución hacia estructuras más flexibles que pueden adaptarse rápidamente a los golpes de las autoridades.
Baby cárteles: una mutación del crimen organizado
El término baby cárteles describe precisamente ese tipo de estructuras: grupos más pequeños que surgen de la desintegración de organizaciones criminales gigantes.
De acuerdo con expertos colombianos, esta dinámica se vivió en su país tras la caída de los grandes capos de los años noventa.
Cuando Pablo Escobar murió en 1993 y los líderes del Cártel de Cali fueron capturados, las grandes organizaciones dejaron de existir como estructuras unificadas. En su lugar aparecieron grupos más reducidos que operaban de forma autónoma o en alianzas temporales.
Entre esos grupos figuraron organizaciones como el Cártel del Norte del Valle y la Oficina de Envigado, que heredaron parte del negocio del narcotráfico.
Aunque tenían menor tamaño, estos grupos demostraron una gran capacidad para reorganizarse, competir por territorios y adaptarse a nuevas condiciones del mercado ilegal.
Ese mismo patrón, advierten los especialistas, podría repetirse en México.
De los grandes capos a estructuras más dispersas
Investigadores en seguridad destacan que el narcotráfico en América Latina ha pasado por varias generaciones de liderazgo criminal.
En México, la primera generación estuvo marcada por figuras como Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Carrillo y Rafael Caro Quintero, quienes crearon el Cártel de Guadalajara en los años setenta.
Posteriormente surgió una segunda generación encabezada por líderes como Joaquín “El Chapo” Guzmán y Ismael “El Mayo” Zambada, fundadores del Cártel de Sinaloa.
La tercera generación incluyó a figuras como el propio Mencho, líder del CJNG, quien consolidó una organización con presencia internacional y múltiples actividades ilícitas.
Ahora, según especialistas, el escenario podría estar evolucionando hacia una cuarta fase caracterizada por estructuras más fragmentadas y descentralizadas.
La experiencia colombiana como advertencia
El politólogo Andrés Cajiao, investigador en seguridad, explica que el crimen organizado suele aprender rápidamente de los golpes que recibe.
Cuando las organizaciones se fragmentan en grupos más pequeños, esos grupos pueden adaptarse con mayor facilidad y reorganizar sus operaciones.
En Colombia, este fenómeno produjo una red de organizaciones criminales con distintos niveles de influencia territorial.
Algunas operaban de manera local, mientras otras mantenían conexiones internacionales en el negocio del narcotráfico.
Aunque estas estructuras carecían del poder concentrado de los grandes cárteles, demostraron una gran resiliencia frente a las operaciones de las autoridades.
Un escenario de mayor fragmentación
Analistas coinciden en que la caída de un líder criminal puede provocar disputas internas por el control del poder.
Ese tipo de confrontaciones suele generar episodios de violencia mientras los distintos grupos intentan consolidar su posición.
Además, el modelo criminal en red facilita que nuevas organizaciones surjan a partir de estructuras preexistentes.
En ese contexto, el conocimiento acumulado por los antiguos cárteles —rutas de tráfico, redes financieras, contactos internacionales— se mantiene activo dentro de los nuevos grupos.
De acuerdo con especialistas, ese aprendizaje colectivo permite que las organizaciones se recompongan rápidamente incluso después de golpes importantes.
Un nuevo capítulo para el crimen organizado
La muerte del líder del CJNG marca un momento clave en la evolución del narcotráfico en México.
Aunque el futuro del crimen organizado sigue siendo incierto, expertos señalan que la fragmentación y el surgimiento de organizaciones más pequeñas podrían definir la siguiente etapa del fenómeno.
En ese escenario, el concepto de baby cárteles se vuelve central para entender cómo podrían reorganizarse las estructuras criminales en los próximos años.
El tiempo dirá si este nuevo modelo se consolida, pero las experiencias históricas muestran que el crimen organizado rara vez desaparece. Más bien se transforma, se adapta y encuentra nuevas formas de operar. Y en ese proceso, la aparición de baby cárteles podría marcar el inicio de una nueva fase en la historia del narcotráfico.


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