Bloqueos y hechos violentos registrados en distintas entidades del país detonaron un fenómeno inesperado en la capital: un ausentismo masivo en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde más del 60% del alumnado decidió no asistir a clases, pese a que en la Ciudad de México no se reportaron incidentes.

La jornada estuvo marcada por el temor generado tras los bloqueos ocurridos el domingo en estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas y Oaxaca. Aunque los hechos no se extendieron a la capital, el impacto psicológico y la incertidumbre sí alcanzaron a miles de estudiantes, particularmente aquellos que deben trasladarse desde municipios del área metropolitana o incluso desde otras entidades.
UNAM: Flexibilidad académica ante el contexto nacional
Ante el clima de tensión, la Universidad Nacional Autónoma de México emitió el domingo una recomendación dirigida a sus unidades académicas para que mostraran flexibilidad en asistencia, exámenes y entrega de trabajos, especialmente con estudiantes foráneos que pudieran enfrentar riesgos en carretera.
La medida fue preventiva. No implicó la suspensión oficial de clases, pero sí abrió la puerta a que docentes y coordinaciones académicas adoptaran criterios más comprensivos frente a posibles inasistencias.
De inmediato, facultades como Filosofía y Letras, Ciencias Políticas y Sociales, Derecho, Medicina, Ingeniería, Economía y diversas Facultades de Estudios Superiores difundieron comunicados en redes sociales informando que habría comprensión hacia los alumnos que decidieran no acudir.
Bloqueos: El miedo como factor determinante
Aunque en la Ciudad de México no se registraron bloqueos carreteros ni hechos violentos vinculados con la crisis en otros estados, el miedo colectivo tuvo un peso determinante. Profesores consultados señalaron que en promedio más de la mitad de sus estudiantes no asistieron a clases.
El ausentismo alcanzó niveles cercanos al 60% en algunas facultades, convirtiendo el inicio de semana en una jornada atípica dentro de la máxima casa de estudios. Salones semivacíos y actividades académicas con baja participación reflejaron el impacto indirecto de la violencia ocurrida fuera de la capital.
Especialistas en comportamiento social señalan que este tipo de reacciones son comunes cuando existe una percepción de riesgo generalizado, incluso si no hay una amenaza directa en el entorno inmediato. La circulación constante de información en redes sociales y medios digitales también contribuye a amplificar la sensación de inseguridad.
Estudiantes foráneos, los más vulnerables
Uno de los principales motivos detrás de la recomendación universitaria fue proteger a los estudiantes que deben recorrer largas distancias para llegar a la capital. Muchos provienen de municipios del Estado de México o de entidades cercanas, lo que implica trayectos por carretera potencialmente expuestos a bloqueos.
La medida también incluyó la cancelación de actividades fuera de los planteles, como prácticas de campo o salidas académicas, con el objetivo de reducir cualquier posibilidad de exposición a riesgos.
Para miles de jóvenes, la decisión de no asistir fue una forma de priorizar su seguridad ante un contexto incierto. La flexibilidad institucional permitió que esta determinación no tuviera repercusiones académicas inmediatas.
Impacto académico y social
El fenómeno abre preguntas sobre cómo los episodios de violencia regional pueden afectar la vida cotidiana en zonas aparentemente alejadas del conflicto. Aunque las clases no fueron suspendidas formalmente, la baja asistencia modificó la dinámica académica del día.

Expertos en educación señalan que este tipo de situaciones evidencian la necesidad de contar con protocolos claros de actuación frente a crisis externas que puedan impactar la movilidad estudiantil. También subrayan la importancia de fortalecer canales de comunicación institucional que permitan reducir rumores y ofrecer información precisa.
Desde el punto de vista social, el caso refleja cómo la inseguridad en ciertas regiones del país tiene repercusiones más amplias, afectando no solo a las comunidades directamente involucradas sino también a instituciones educativas y entornos urbanos distantes.
Un llamado a la prudencia y coordinación
La respuesta institucional buscó equilibrar la continuidad académica con la seguridad de la comunidad universitaria. Al no suspender clases pero sí otorgar comprensión, la universidad optó por una estrategia intermedia que permitió mantener la operación regular sin obligar a los estudiantes a exponerse.
La coordinación entre autoridades universitarias y docentes fue clave para manejar la situación con sensibilidad. Sin embargo, el elevado ausentismo demuestra que la percepción de inseguridad puede ser tan poderosa como los hechos mismos.

En los próximos días será relevante observar si la asistencia regresa a niveles normales o si persiste la cautela entre los estudiantes, especialmente aquellos que dependen de traslados interurbanos.
La experiencia deja en evidencia que los bloqueos y hechos violentos en distintos estados no solo alteran la movilidad regional, sino que también generan efectos en cadena en instituciones educativas de alcance nacional. La prevención y la comunicación efectiva serán fundamentales para evitar que el miedo vuelva a paralizar la actividad académica.


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