El oficialismo venezolano celebró una victoria casi total en las elecciones regionales y legislativas del 25 de mayo, un proceso marcado por una abstención masiva que la oposición, profundamente fracturada, ha reivindicado como un acto de desobediencia civil contra el régimen.
Venezuela ha vivido una nueva jornada electoral que, lejos de resolver la prolongada crisis política, la ha profundizado. El gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) se adjudicó una victoria arrolladora en las elecciones regionales y legislativas del pasado 25 de mayo, asegurando casi todas las gobernaciones del país. Sin embargo, este triunfo se produjo en un escenario de apatía generalizada y una abstención masiva, en un proceso que la principal facción de la oposición boicoteó y calificó como una farsa.
La Batalla de las Narrativas: ¿Victoria o Fracaso?
El resultado de la elección se ha convertido en una guerra de interpretaciones. Para el gobierno de Nicolás Maduro, el proceso fue un éxito y una demostración de fortaleza democrática. El Consejo Nacional Electoral (CNE), controlado por el oficialismo, reportó una cifra de participación del 42.63%. «El pueblo venezolano se expresó. Vieron desarrollarse el proceso con toda normalidad y con la paz de nuestro país», declaró Elvis Amoroso, rector del CNE.
Para la principal líder opositora, María Corina Machado, la jornada fue exactamente lo contrario: un rotundo fracaso del régimen. Su facción, que llamó a no participar, sostiene que la abstención fue un acto de protesta masiva.
«Más del 85% de los venezolanos desobedecimos a este régimen y dijimos no. Hoy fracasó la estrategia de terror del régimen. Creyeron que a punta de amenazas iban a doblegar a la gente y eso lo que provocó fue más rabia».
* María Corina Machado, líder de Vente Venezuela.
El Comando con Venezuela, afín a Machado, cifró la participación en apenas un 12.56%. La elección, por tanto, no se dirimió en las urnas, sino en la capacidad de cada bando para imponer su narrativa sobre el significado de los centros de votación vacíos.
La Fractura Opositora: El Gran Triunfo del Gobierno
El proceso electoral sirvió como un catalizador para dinamitar la ya frágil unidad de la oposición venezolana. La estrategia del gobierno de convocar elecciones sin garantías competitivas forzó a sus adversarios a una encrucijada autodestructiva: participar y legitimar un proceso viciado, o abstenerse y arriesgarse a la irrelevancia política.
La oposición se partió en dos. La Plataforma Unitaria Democrática (PUD), liderada por la visión de Machado, optó por el boicot, argumentando que no se podían validar unas elecciones sin respeto a los resultados de las presidenciales de 2024. Por otro lado, figuras históricas de la oposición como Manuel Rosales y Henrique Capriles decidieron participar, lo que provocó una crisis interna y su eventual expulsión de alianzas clave, bajo acusaciones de colaboracionismo.
Esta división fue, quizás, la mayor victoria para el chavismo. Al fracturar a sus oponentes, el gobierno no solo aseguró el control de casi todo el mapa político del país, sino que también dejó al campo antichavista más debilitado y enfrentado internamente que nunca.
Un Proceso Viciado desde el Origen
Las denuncias de irregularidades que rodearon el proceso fueron sistemáticas y apuntan a una estrategia de control electoral. Partidos de oposición denunciaron impedimentos para postular a sus candidatos y la inhabilitación política arbitraria de figuras como Simón Calzadilla y Antonio Ecarri Bolívar.
A esto se suma un clima de intimidación, con la detención continua de activistas y periodistas opositores desde las elecciones de 2024, y cambios técnicos que minaron la confianza, como la eliminación del código QR en las actas de votación, una herramienta considerada clave para la transparencia.
Estas no fueron fallas aisladas, sino componentes de un sistema diseñado para desincentivar la participación y asegurar un resultado favorable al gobierno, consolidando su poder en un país marcado por la desesperanza y una crisis que no cesa.


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