
Robo histórico en el Museo Nacional de Damasco
La madrugada del lunes, el Museo Nacional de Damasco, una de las instituciones culturales más emblemáticas del Medio Oriente, se convirtió en escenario de un robo que conmociona a Siria y al mundo. Seis estatuas de mármol de la era romana fueron sustraídas de su sala clásica, un acto que reabre las heridas del país tras más de una década de guerra civil y el reciente colapso del régimen de la familia Assad.
El hallazgo del robo se produjo el lunes por la mañana, cuando trabajadores del museo notaron una de las puertas metálicas violentadas y varios pedestales vacíos. Las cámaras de seguridad, instaladas durante los años más duros del conflicto, aún están siendo revisadas por las autoridades sirias.
El museo más importante de Siria vuelve a cerrar sus puertas
El Museo Nacional de Damasco, ubicado en el corazón de la capital, había reabierto sus puertas apenas en enero, tras catorce años de cierre intermitente por la guerra civil. Era un símbolo de esperanza, un intento de recuperar la normalidad cultural después de los años más oscuros del país.
La reapertura se celebró como un signo de reconstrucción tras la caída del régimen Assad, que había gobernado Siria durante más de medio siglo. Sin embargo, este robo representa un duro golpe para las instituciones culturales que intentan preservar la historia y el arte en medio de la inestabilidad.
Fuentes de la Dirección General de Antigüedades y Museos confirmaron a la agencia Associated Press que las piezas robadas pertenecían al periodo romano y que se trataba de obras de valor incalculable. Los funcionarios, que pidieron anonimato, señalaron que las investigaciones están en curso y que no se descarta la participación de redes internacionales dedicadas al tráfico de arte.
Estatuas de valor incalculable: un golpe al patrimonio sirio
Las seis esculturas sustraídas formaban parte del departamento clásico del museo, una sección que Maamoun Abdulkarim, exjefe de Antigüedades y Museos, describió como “una joya del patrimonio sirio, con piezas que narran la evolución cultural desde el periodo helenístico hasta el bizantino”.
Cada estatua representaba una historia: dioses, héroes y figuras de la vida cotidiana talladas hace más de dos milenios. Eran testimonio de la riqueza cultural de Siria, un país que fue cruce de civilizaciones y que hoy lucha por conservar su legado frente al caos político y económico.
Damasco: entre la reconstrucción y la pérdida cultural
El robo ocurre en un contexto de fragilidad institucional. Tras el fin del régimen Assad, el país ha intentado estabilizarse política y económicamente, pero la inseguridad y el tráfico de bienes culturales siguen siendo una amenaza.
Durante los años más intensos del conflicto, cientos de antigüedades fueron trasladadas desde diferentes regiones del país hacia Damasco, con el fin de resguardarlas de la violencia. Sin embargo, este nuevo golpe demuestra que ni siquiera la capital está exenta del saqueo.
El recuerdo de Palmira aún pesa sobre la memoria siria. En 2015, miembros del grupo Estado Islámico destruyeron mausoleos, templos y esculturas de valor incalculable en ese sitio arqueológico reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial. Hoy, la historia parece repetirse, aunque en un escenario distinto.
La sombra del tráfico internacional de arte
Expertos en arqueología y seguridad del patrimonio temen que las estatuas ya hayan sido sacadas del país. Las piezas romanas son especialmente codiciadas por el mercado negro, donde cada figura puede alcanzar millones de dólares.
Las autoridades sirias han solicitado cooperación internacional para rastrear las piezas, mientras Interpol y organismos de la ONU especializados en patrimonio cultural han sido notificados del robo.
El exfuncionario Maamoun Abdulkarim expresó su preocupación: “Cada estatua robada no solo representa una pérdida material, sino la amputación de la memoria cultural de un pueblo que aún lucha por reconstruirse”.
El arte como testigo de una nación que resiste
El Museo Nacional de Damasco simbolizaba la resistencia del arte ante la devastación. Sus puertas metálicas, reforzadas tras la guerra, y sus cámaras de seguridad eran el recordatorio de que proteger la historia también es una forma de sobrevivir.
Ahora, con las vitrinas vacías y el eco del robo reciente, la institución vuelve a ser reflejo del país: una nación que intenta reconstruirse mientras enfrenta la pérdida constante de su herencia cultural.
El silencio del museo, cerrado nuevamente, resume la fragilidad de la historia cuando los conflictos humanos la ponen en riesgo.