La OTAN enfrenta una prueba de unidad sin precedentes ante la exigencia de Donald Trump de que los países miembros destinen un histórico 5% de su Producto Interno Bruto (PIB) a la defensa, una cifra que fractura a los aliados y pone a España en el punto de mira.
La cohesión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pilar de la seguridad transatlántica durante más de 75 años, se ve sometida a una tensión extrema. La insistente y ahora escalada demanda de Donald Trump para que los aliados aumenten su gasto militar a un 5% del PIB no es solo una cuestión de cifras; es un desafío fundamental a la naturaleza de la alianza y a los modelos políticos y sociales de sus miembros europeos.
La Meta del 5%: ¿De Dónde Sale y Qué Implica?
La nueva meta propuesta por la facción liderada por Estados Unidos es ambiciosa y disruptiva. Se desglosa en dos componentes principales:
- 3.5% del PIB para «defensa pura»: Esto incluye la adquisición de armamento, municiones y el mantenimiento de las fuerzas armadas. Este es un salto masivo desde el objetivo actual del 2%, que muchos países apenas han logrado alcanzar.
- 1.5% del PIB para seguridad ampliada: Este tramo cubriría la modernización de infraestructuras críticas (carreteras, puertos, aeropuertos) para facilitar el despliegue militar, así como la inversión en ciberdefensa y la preparación de la sociedad civil para conflictos.
Para poner la cifra en perspectiva, el objetivo del 2% se acordó en 2014 tras la anexión rusa de Crimea. A principios de 2025, solo 23 de los 32 miembros de la alianza habían cumplido con esa meta. Duplicar con creces este compromiso representa una reorientación masiva de los presupuestos nacionales. El gasto total de la OTAN, que ya superó los 1.5 billones de dólares el año pasado, se dispararía a una cifra acumulada de 13.4 billones de dólares para 2030 si se cumple el nuevo objetivo.
El Caso de España: El Equilibrio de Sánchez entre la OTAN y la Política Interna
España se ha convertido en un caso de estudio de la presión estadounidense. Siendo uno de los países con menor inversión en defensa de la alianza (aproximadamente 1.28% del PIB el año pasado), se encuentra en una posición delicada.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha intentado navegar estas aguas turbulentas defendiendo un camino intermedio. Ha asegurado que España cumplirá con sus «objetivos de capacidades» asignados por la OTAN con una inversión del 2.1% del PIB, rechazando lo que ha denominado un «seguidismo ciego» de las demandas más extremas.
Sin embargo, esta postura choca frontalmente con la de Washington. Donald Trump ha sido explícito en su presión, llegando a declarar que «garantiza» que España cumplirá con el 5% tras sus amenazas de imponer aranceles comerciales. Este enfrentamiento directo coloca al gobierno español en una encrucijada entre sus compromisos con la alianza y la viabilidad política y económica de un aumento tan drástico del gasto militar, que sería difícil de justificar ante su electorado y sus socios de gobierno.
División en Europa: ¿Unidad o Sálvese Quién Pueda?
La exigencia del 5% ha abierto una brecha visible dentro de Europa. Por un lado, los países geográficamente más cercanos a Rusia, como Alemania, los Países Bajos y las naciones nórdicas y bálticas, han aceptado la necesidad de alcanzar el nuevo objetivo, percibiendo la amenaza rusa como existencial.
Por otro lado, países como Italia han solicitado más tiempo, proponiendo el año 2035 como fecha límite para alcanzar la meta. Esta división refleja las diferentes percepciones de amenaza y las distintas realidades políticas y económicas del continente.
La presión no solo viene de Washington, sino también de la propia estructura de la OTAN. El secretario general, Mark Rutte, ha sido claro:
«La OTAN está absolutamente convencida de que España tendrá que gastar el 3.5% (en defensa pura».
Esta demanda no es simplemente una cuestión de contabilidad militar. Es una maniobra política que obliga a los líderes europeos a un debate público sobre «cañones versus mantequilla», forzándolos a elegir entre las garantías de seguridad estadounidenses y sus prioridades de gasto social. Al hacerlo, se desafía el modelo de estado de bienestar de muchos países europeos y se transforma la alianza de un pacto de seguridad colectiva a una relación cada vez más transaccional, donde la protección se mide en porcentajes del PIB. La controversia ha llegado a tal punto que figuras como Elon Musk han sugerido públicamente que Estados Unidos debería abandonar la OTAN, añadiendo más leña a un fuego que amenaza la cohesión de la alianza.


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