Mientras el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, declara que «la batalla comienza», su propio gobierno corta el acceso a internet en todo el país. Esta es la historia de la doble cara de Irán: la de una potencia que proyecta fuerza hacia afuera y la de un régimen que teme a su propio pueblo.
En medio de la escalada bélica más grave con Israel en décadas, el régimen iraní presenta dos rostros radicalmente opuestos. Hacia el exterior, proyecta una imagen de poderío desafiante, con una retórica feroz y la exhibición de su armamento más avanzado. Hacia el interior, sin embargo, emergen signos de una profunda tensión y fragilidad, con medidas drásticas que revelan un miedo palpable a la disidencia interna.
La jornada estuvo marcada por la poderosa y amenazante declaración del Líder Supremo, el ayatolá Ali Jamenei, quien a través de sus canales oficiales proclamó: «La batalla comienza». Este mensaje, junto a su promesa de que «no mostrará piedad hacia los sionistas», busca galvanizar a sus seguidores y enviar una señal de determinación inquebrantable a sus enemigos.
La ofensiva de la propaganda: misiles hipersónicos y «control total»
Para respaldar esta retórica, la maquinaria de propaganda del Estado ha trabajado a pleno rendimiento. La Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) ha hecho un anuncio de alto impacto: el uso de misiles hipersónicos Fattah-1 en sus últimos ataques, una tecnología diseñada para superar las defensas israelíes.
Esta afirmación fue acompañada de una declaración aún más audaz: que las fuerzas iraníes han logrado el «control completo sobre los cielos de los territorios ocupados». Además, han advertido que sus operaciones de represalia continuarán de forma «sostenida, compleja, en varios niveles y gradual», sugiriendo una campaña prolongada y multifacética contra Israel. El mensaje es claro: Irán se presenta como una potencia militar capaz de desafiar a su archienemigo en sus propios términos.
Las grietas en la armadura: internet cortado y un éxodo silencioso
Sin embargo, mientras el régimen presume de su fuerza militar, sus acciones internas cuentan una historia muy diferente. Múltiples informes confirman «interrupciones generalizadas de internet» en varias provincias del país. El gobierno incluso ha llegado a prohibir a altos cargos y agentes de seguridad el uso de aparatos con conexión a la red.
Estos apagones informativos no son una simple consecuencia técnica del conflicto. Son una herramienta deliberada de control. Los regímenes autoritarios recurren a los cortes de internet cuando temen perder el control de la narrativa interna, cuando quieren impedir la difusión de imágenes de los daños sufridos o, sobre todo, cuando temen la organización de protestas y disturbios civiles.
Esta medida, sumada al éxodo masivo de civiles huyendo de Teherán , sugiere que el régimen percibe una amenaza interna tan grave como la externa. La guerra con Israel podría ser la chispa que el régimen teme que encienda la pradera del descontento popular, latente desde las protestas masivas por la muerte de Mahsa Amini. La fortaleza que se proyecta hacia el exterior parece ocultar una profunda ansiedad por su propia estabilidad.
La voz de la oposición: «es el momento» del levantamiento
Aprovechando esta coyuntura de máxima presión, las voces de la oposición iraní en el exilio han intensificado sus llamados al cambio. Reza Pahlaví, hijo del último sha de Irán, ha instado públicamente al pueblo iraní a protagonizar un «levantamiento popular», declarando que la República Islámica atraviesa un proceso de «colapso».
«El ex príncipe heredero de Irán llamó a un levantamiento popular contra el régimen persa: ‘Es el momento’. Reza Pahlaví asegura tener un plan de transición democrática mientras se intensifican los bombardeos con Israel.» – Reporte de Infobae.
Este llamado, aunque proveniente del exilio, resuena con fuerza en un momento en que la población sufre las consecuencias de la guerra, la crisis económica y la represión interna.
Irán se encuentra en una encrucijada crítica. Se presenta ante el mundo como un gigante militar dispuesto a una guerra total, pero actúa internamente como un régimen nervioso que teme a sus propios ciudadanos. El conflicto con Israel no es solo una prueba para su ejército; es una prueba de fuego para la propia supervivencia del sistema teocrático, que podría descubrir que su enemigo más peligroso no está en Tel Aviv, sino en sus propias calles.


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