Un nuevo y alarmante informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) ha encendido todas las alarmas en el hemisferio, revelando que el cultivo de hoja de coca y la producción de cocaína han alcanzado niveles históricos a nivel mundial. El epicentro de este terremoto productivo se encuentra, una vez más, en el corazón de América Latina, con Colombia consolidándose como el motor indiscutible de un aumento exponencial que amenaza con desbordar la capacidad de los Estados.
Este auge no es meramente una estadística para los anales del crimen organizado. Es un catalizador que está reconfigurando la geopolítica regional, exacerbando la violencia interna hasta niveles de conflicto armado y poniendo a prueba las estrategias antidrogas de los gobiernos, generando una fractura en el consenso sobre cómo enfrentar un enemigo que parece más fuerte que nunca.
Las Cifras del Récord: Desglose de un Aumento Alarmante
Los datos presentados en el Informe Mundial sobre Drogas son contundentes y dibujan un panorama desolador. La producción global de cocaína se disparó hasta las 3,708 toneladas, lo que representa un incremento de casi el 34% en comparación con las cifras de 2022. De este torrente blanco que inunda el planeta, una porción abrumadora tiene un único origen.
Colombia se erige como el epicentro absoluto de esta explosión productiva. El país es responsable de entre el 67% y el 71% de toda la cocaína fabricada en el mundo, con una producción potencial estimada en unas 2,600 toneladas anuales. En términos de cultivo, el territorio colombiano alberga 253,000 de las 376,000 hectáreas sembradas con hoja de coca a nivel global.
Sin embargo, el dato más revelador del informe de la ONU no es solo la expansión de los cultivos, sino un salto cualitativo en la eficiencia de la producción. El análisis detalla que la producción potencial de cocaína en Colombia creció un 50%, un aumento que no se explica únicamente por la mayor superficie sembrada, sino por una mejora sustancial en la productividad, es decir, un mayor rendimiento de clorhidrato de cocaína por hectárea cultivada. Esto sugiere una sofisticación en las técnicas agrícolas y en los procesos químicos de los productores, haciendo la lucha contra el narcotráfico aún más compleja.
La Paradoja Latinoamericana: Paz entre Naciones, Guerra en las Calles
Este auge de la cocaína alimenta directamente lo que se ha denominado la «gran paradoja latinoamericana»: una región que, a diferencia de otras partes del mundo, no sufre de guerras convencionales entre países, pero que soporta niveles de violencia interna y criminalidad comparables a zonas de conflicto armado activo. El narcotráfico es el principal combustible de esta conflagración de baja (y a veces alta) intensidad.
El dinero del tráfico de drogas financia y empodera a organizaciones criminales transnacionales cuya violencia no conoce fronteras. El ejemplo más claro es la brutal expansión del Tren de Aragua, una megabanda de origen venezolano que ha extendido sus tentáculos por todo el continente, sembrando el terror en países como Chile, Perú y Ecuador. Este incremento en la inseguridad, a su vez, tiene profundas consecuencias políticas, impulsando a electorados atemorizados hacia opciones políticas de derecha que prometen mano dura, como se ha observado en varios ciclos electorales recientes en la región.
La crisis de seguridad en Ecuador, que escaló hasta el punto de que el presidente Daniel Noboa declarara un «conflicto armado interno» para combatir a las bandas, es una manifestación directa de este fenómeno. De igual manera, la reciente detención de un grupo de «narcomilitares» en una brigada de élite en Chile demuestra la capacidad corrosiva del narcotráfico para penetrar incluso en las instituciones más sensibles del Estado. Detrás de cada uno de estos titulares de violencia y crisis institucional, se encuentra la sombra del auge productivo detallado por la ONU.
El Desafío de Petro: La Respuesta de Colombia y el Choque con la ONU
Frente a un informe que pone a su país en el centro de la problemática mundial, la reacción del presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha sido de un cuestionamiento frontal y sin matices, abriendo una brecha con el organismo internacional.
En un discurso desde Ocaña, una de las zonas más afectadas por el conflicto, Petro desglosó sus críticas a la ONU. Primero, insistió en que la responsabilidad principal del problema recae en los países consumidores, cuyas políticas prohibicionistas generan el mercado ilegal que causa «ríos de sangre» en Colombia. Segundo, argumentó que el informe es engañoso al presentar un crecimiento exponencial, cuando, según él, el área cultivada se ha «ralentizado» y mantenido relativamente estable desde 2020.
El punto más álgido de su crítica fue contra la metodología de la ONU para calcular la «producción potencial». Petro calificó este cálculo como una «trampa» contra Colombia, basado en un supuesto e inverosímil aumento de la productividad por hectárea que, según le explicaron, se debe a que ahora se pueden obtener hasta cuatro cosechas al año. Para el mandatario, esto es una falacia que ignora la realidad del campo colombiano. Como contrapropuesta, Petro lanzó un desafío al paradigma prohibicionista, proponiendo la creación de un comité científico conjunto con Bolivia para investigar y promover usos útiles y benignos de la hoja de coca.
Un Problema sin Solución Única
La publicación del informe de la ONU y la vehemente respuesta del gobierno colombiano dejan al descubierto una tensión profunda. Por un lado, los datos duros de un organismo internacional pintan un panorama alarmante que exige acciones urgentes. Por otro, un líder de uno de los países más afectados desafía no solo las cifras, sino todo el enfoque de la guerra contra las drogas que ha imperado durante décadas.
El problema del narcotráfico en América Latina es un nudo gordiano compuesto por hebras de producción, consumo, violencia endémica, corrupción institucional y políticas públicas fallidas. Este último informe solo confirma que, lejos de desatarse, el nudo se aprieta cada vez más, amenazando con estrangular la estabilidad y el futuro de la región.


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