
Drones ucranianos desatan un incendio en una planta clave de Gazprom
En la noche más tensa de las últimas semanas, una serie de drones ucranianos alcanzaron una de las plantas de procesamiento de gas más grandes del mundo, ubicada en Orenburg, al sur de Rusia. Las explosiones y el fuego iluminaban el horizonte, marcando un nuevo capítulo en la guerra energética entre Kiev y Moscú.
La planta, operada por Gazprom, no es cualquier instalación: es el corazón del flujo energético que une Rusia con Kazajistán, con una capacidad anual de 45 mil millones de metros cúbicos de gas. El ataque no solo dañó su infraestructura, sino que provocó la suspensión temporal del envío de gas kazajo, alterando la estabilidad del suministro en la región.
Una noche de fuego y alarma en Orenburg
Según el gobernador regional Yevgeny Solntsev, el ataque provocó incendios en los talleres principales de la planta, dañando parte de sus sistemas de procesamiento. Mientras tanto, el Ministerio de Energía de Kazajistán confirmó que Gazprom notificó una “situación de emergencia” que impide procesar gas proveniente del campo Karachaganak, uno de los mayores de Asia Central.
La escena fue descrita por testigos locales como una “tormenta de fuego”. Los bomberos trabajaron durante horas para contener las llamas, mientras las autoridades rusas desplegaban defensas antiaéreas en varias zonas del sur del país ante el temor de nuevos ataques.
Ucrania intensifica su estrategia contra la energía rusa
El Estado Mayor ucraniano confirmó el ataque y aseguró que una de las unidades de purificación de gas de Orenburg quedó severamente dañada. Kiev ha intensificado en los últimos meses sus ofensivas contra instalaciones energéticas rusas, argumentando que son la fuente financiera del esfuerzo bélico de Moscú.
Esta táctica busca golpear donde más duele: el sector energético, columna vertebral de la economía rusa y principal sostén del presupuesto militar.
Rusia responde con ataques en Járkov y Dnipropetrovsk
Mientras el sur de Rusia ardía, Moscú lanzó su propia ofensiva aérea sobre Ucrania. En la región de Járkov, las autoridades denunciaron el uso de una nueva bomba aérea propulsada por cohetes, la UMPB-5R, capaz de recorrer hasta 130 kilómetros. El objetivo: la ciudad de Lozava, ubicada a 150 kilómetros de la frontera.
La fiscalía regional de Járkov confirmó que fue la primera vez que se empleó esta arma, diseñada para impactar a distancia sin exponer a los pilotos rusos. En la región de Dnipropetrovsk, drones rusos provocaron heridas a once personas y destruyeron múltiples edificios en Shakhtarske.
Otro golpe: incendio en refinería de Novokuibyshevsk
Poco después, Ucrania anunció otro ataque exitoso: esta vez contra la refinería de petróleo de Novokuibyshevsk, también en la región de Samara, cerca de Orenburg. La instalación, operada por Rosneft, tiene una capacidad de 4,9 millones de toneladas anuales y produce más de 20 tipos de derivados del petróleo.
Aunque las autoridades rusas no confirmaron oficialmente el ataque, imágenes difundidas en redes sociales mostraban columnas de humo negro y explosiones en la zona industrial.
Guerra de drones: el nuevo campo de batalla invisible
El Ministerio de Defensa ruso informó haber derribado 45 drones ucranianos durante la noche, incluyendo 12 sobre Samara, uno sobre Orenburg y 11 sobre Saratov. Sin embargo, los incendios y daños reportados muestran que varios lograron atravesar las defensas.
Por su parte, la Fuerza Aérea de Ucrania afirmó que Rusia lanzó 62 drones sobre su territorio, de los cuales 40 fueron neutralizados o desviados gracias a interferencias electrónicas.
Un equilibrio frágil en la guerra energética
El ataque a la planta de Orenburg no solo representa un éxito táctico para Ucrania, sino una advertencia sobre la vulnerabilidad energética rusa. Golpear refinerías, plantas de gas y oleoductos tiene un impacto económico directo, pero también simbólico: erosiona la imagen de invulnerabilidad de Moscú y exhibe su dependencia de una infraestructura que puede ser alcanzada a cientos de kilómetros del frente.
Para los analistas, esta ofensiva marca una nueva fase del conflicto, en la que la guerra energética se convierte en un arma tan poderosa como la militar. Mientras Rusia busca mantener el control de sus recursos, Ucrania demuestra que la tecnología —y los drones— pueden cambiar el curso del enfrentamiento.
Un incendio que redefine la guerra
El fuego en Orenburg arde más allá del gas y el metal. Es el símbolo de una guerra que ya no se libra solo en los campos de batalla, sino en los circuitos energéticos, en los cielos invisibles y en los sistemas que alimentan la economía de ambos países.
Cada dron que cruza la frontera lleva un mensaje: la guerra del futuro se decide no solo por la fuerza de las armas, sino por la capacidad de desactivar al enemigo desde su propio corazón energético.