La violencia del crimen organizado ha golpeado el corazón de Quito. Un ataque con una granada lanzado desde una motocicleta contra un centro de diversión nocturna en el norte de la capital dejó siete personas heridas y sembró el terror en una zona comercial concurrida.
El miedo tiene un nuevo sonido en Quito: el de una explosión en plena noche. La capital ecuatoriana, que hasta hace poco se percibía como un relativo refugio frente a la ola de violencia que azota al país, vivió una noche de terror el pasado 19 de junio, cuando un artefacto explosivo fue arrojado contra un centro de diversión nocturna en la avenida De la Prensa, una concurrida zona comercial del norte de la ciudad.
El ataque, perpetrado por dos individuos a bordo de una motocicleta que lanzaron lo que la policía presume fue una granada, dejó un saldo de siete personas heridas por las esquirlas y daños materiales en vehículos y locales cercanos. El hecho ha provocado una conmoción profunda y ha instalado la percepción de que ninguna ciudad está a salvo de las tácticas de terror del crimen organizado.
La sombra de la extorsión
La principal línea de investigación de las autoridades apunta directamente a las «vacunas» o extorsiones. Este no fue un hecho aislado. Según informes policiales, se trata del segundo ataque contra el mismo establecimiento en apenas diez días. En el incidente anterior, se lanzó un artefacto similar que, afortunadamente, no detonó.
«La línea investigativa determina que se trataría de un caso de extorsión, ya que no es la primera vez que este establecimiento se ve sometido a este tipo de atentados.» – Declaraciones de fuentes policiales a medios locales.
Esta repetición del ataque demuestra un nivel de impunidad alarmante y sugiere que las bandas criminales están expandiendo su modelo de negocio extorsivo, que ya asfixia a comerciantes en otras ciudades como Guayaquil, hacia la capital. Daniel Pontón, experto en seguridad, advirtió que estos eventos podrían ser parte de una «disputa delincuencial con mensajes dirigidos a la población, bandas rivales y el Estado».
El miedo se instala en la capital
El atentado ha marcado un punto de inflexión psicológico para los quiteños. Testimonios de vecinos y comerciantes de la zona, recogidos por medios digitales, reflejan una mezcla de shock y resignación. «No es la primera vez», comentan, mientras describen un ambiente de abandono por parte de las autoridades y un temor creciente a que la violencia que veían en las noticias se convierta en su realidad cotidiana.
La mañana siguiente al ataque, los dueños de los locales intentaban volver a la normalidad, limpiando los destrozos e incluso pintando la fachada del local afectado para ocultar los daños de la explosión. Una imagen que simboliza el intento de la ciudadanía por resistir, pero también la cicatriz visible que deja el miedo.
Este suceso se enmarca en la grave crisis de seguridad que vive Ecuador. A pesar de la declaratoria de «conflicto armado interno» por parte del gobierno de Daniel Noboa y la intervención militar en las cárceles y en ciudades como Manta, la violencia no cesa. El ataque en Quito demuestra que las organizaciones criminales, lejos de estar replegadas, tienen la capacidad de golpear en el centro político y económico del país.
El estallido de una granada en una calle de Quito es más que un simple acto delictivo. Es una señal de que la guerra contra el narcotráfico y sus delitos conexos se está librando en todos los frentes y que la sensación de seguridad se ha convertido en el bien más preciado y escaso para los ecuatorianos.


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