Era julio de 2013. Mientras el mundo apenas comenzaba a conocer el estilo directo y empático del nuevo Papa argentino, Francisco eligió un destino inesperado para su primer viaje oficial: Lampedusa. Esta pequeña isla italiana, símbolo del drama migratorio en el Mediterráneo, se convirtió en escenario de un acto profundo. Francisco arrojó flores al mar en memoria de los migrantes fallecidos y pronunció un sermón que sacudió conciencias: “La globalización de la indiferencia nos ha hecho perder la capacidad de llorar”.
Con ese gesto, inició un pontificado que no solo acompañaría a los migrantes, sino que los colocaría en el corazón mismo de la misión de la Iglesia.
Migración como causa global y espiritual
Desde 2013 hasta 2025, el fenómeno migratorio no hizo más que intensificarse. De 231 millones de migrantes internacionales pasamos a más de 280 millones, impulsados por guerras, crisis climáticas y pobreza. Pero Francisco no solo habló de cifras. Habló de rostros, de historias, de dignidad.
En Lesbos, Grecia, en 2016, conoció a familias sirias, afganas y eritreanas. Ese mismo día, voló a Roma con 12 refugiados sirios. No fue solo simbólico: fue un acto de acogida real.
“Construyamos puentes, no muros”, diría ese año en Ciudad Juárez, una de las fronteras más vigiladas del mundo. Frente a miles de fieles, el Papa no esquivó temas incómodos: criticó la trata de personas, la esclavitud moderna, el abandono institucional. Y envió un mensaje potente al mundo: la migración no es un problema, es un llamado a la humanidad.
La Iglesia como hogar del desplazado
Durante la crisis siria, cuando más de un millón de personas llegaron a Europa en 2015, Francisco pidió a cada parroquia acoger al menos a una familia refugiada. En sus palabras, la fe se medía en la capacidad de ofrecer refugio, no en discursos. Su encíclica Fratelli tutti (2020) sintetizó ese pensamiento: ningún ser humano puede ser menos digno, menos importante o menos humano por haber nacido en otro lugar.
Y mientras algunos gobiernos criminalizaban el rescate en altamar, el Papa alzaba la voz: “Salvar vidas no es un delito”.
América Latina: la voz del sur para los olvidados
Francisco, el primer Papa latinoamericano, no olvidó su continente. En México denunció la violencia contra migrantes centroamericanos y la impunidad de los tratantes. En Venezuela, aunque no pudo viajar, alentó a los países receptores a acoger con solidaridad. En EE.UU., pidió protección para los “dreamers” cuando su futuro pendía de un hilo.
Su mensaje fue siempre el mismo: mirar a los migrantes no como amenaza, sino como hermanos.
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