La reputación de Yucatán como la «isla de paz» de México ha sufrido un duro golpe. Por primera vez en años, el estado ha perdido su posición como la entidad más segura del país, según revela la más reciente Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI. La percepción de inseguridad entre sus habitantes ha aumentado hasta un 30%, una cifra que, si bien sigue siendo muy inferior a la media nacional, marca el fin de una era y enciende las alarmas sobre el futuro.
Aunque Yucatán, junto con Campeche, todavía lidera las estadísticas nacionales con cero secuestros reportados en mayo de 2025, la tendencia general en la percepción ciudadana es innegablemente a la baja. La pregunta que todos se hacen es: ¿qué ha cambiado en el bastión de la tranquilidad de México?
Las Fisuras en el Modelo de Paz
El deterioro no se debe a un único factor, sino a una combinación de «fisuras» que han comenzado a aparecer en el exitoso modelo de seguridad yucateco. Según los análisis derivados de la encuesta, las principales causas son :
* Aumento de Delitos Patrimoniales: Se ha registrado un incremento notable en los robos a negocios, a transeúntes y en el transporte público, delitos que impactan directamente en la vida cotidiana de los ciudadanos y generan una sensación de vulnerabilidad.
* Crecimiento Descontrolado: El boom inmobiliario y el crecimiento urbano desregulado, especialmente en Mérida y su periferia, han puesto una enorme presión sobre los servicios públicos y la infraestructura de seguridad.
* Nuevos Flujos Migratorios: La llegada de población de otras partes del país, atraída por la seguridad y las oportunidades, también ha traído consigo nuevos desafíos sociales y de seguridad que las autoridades locales luchan por gestionar.
El «Efecto Derrame» del Desarrollo Regional
Lo más preocupante del diagnóstico es que los problemas que hoy enfrenta Yucatán son un eco de los que su vecino, Quintana Roo, ha experimentado durante décadas. El desarrollo turístico y económico acelerado, si no va acompañado de una planificación urbana robusta y una inversión proporcional en seguridad y servicios, inevitablemente genera consecuencias negativas.
Yucatán parece estar entrando en una etapa temprana del mismo proceso que transformó a Quintana Roo. La narrativa ya no es simplemente que «Yucatán ya no es tan seguro», sino que el modelo de desarrollo explosivo del Sureste tiene efectos predecibles y casi inevitables sobre la seguridad y la cohesión social. El estado se encuentra en una encrucijada: o aprende de las lecciones de su vecino y reinventa sus estrategias de crecimiento, o corre el riesgo de seguir el mismo camino.
Las autoridades locales y el nuevo gobierno estatal enfrentan el desafío urgente de adaptar sus políticas para no solo combatir las estadísticas delictivas, sino, y quizás más importante, para reconstruir la confianza ciudadana y preservar el activo más valioso que le quedaba a Yucatán: su paz.


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